Y EL GALLO CANTÓ, por Carmen Hernández Montalbán.

 


El gallo de oro es el nombre de la editorial que ha editado el poemario La palabra muda de mi querido amigo, el escritor Antonio Enrique. Gallo de viento es el nombre de la calle donde actualmente reside, en Guadix.

Para la simbología, el gallo representa la superación de las tinieblas y de la oscuridad. Así mismo, entre los pueblos del continente europeo, el gallo se asocia a la arrogancia y la prepotencia del poder.  Por eso creo que La palabra muda está relacionada con estas dos ideas, pues por un lado, el poemario ve la luz para exorcizar las tinieblas del holocausto. Y no sólo el judío, sino cualquier otro de los muchos que están aconteciendo en nuestros días. Por otro lado, el holocausto, los holocaustos son siempre consecuencia del abuso de poder, la intolerancia y el fanatismo.  El gallo es, sin duda, el símbolo arcano de esta obra.

En la nota a la edición de los preliminares, el autor nos aclara que La palabra muda es una prolongación de dos de sus poemarios anteriores: El reloj del infierno y Al otro lado del mundo; dos libros, a mi parecer, visionaros e impregnados de una atmósfera similar a este. La palabra maldita es la palabra muda, el tabú, lo que no puede pronunciarse.

Los veintidós poemas que lo componen están articulados en las veintidós letras del alfabeto judío pero puede considerarse un solo poema prolongado en veintidós ideas. Un poema que comienza con “El horror” y termina con “La colmena maldita”. Los dos últimos versos del poemario no pueden ser más concluyentes:

                “Yo lo pongo aquí para que no se olvide

                 y que el viento no socave el olivo de la paz.”

Cada poema es una denuncia, un fotograma simbólico de los horrores en los campos de exterminio hechos palabra; esa palabra que deja de ser muda en los versos del poeta, versos como llagas que van cicatrizando, dolor que florece en la poesía. Antonio pone nombre al horror hasta ahora silenciado por tan hondo y espantoso. Levanta la losa de un sepulcro salitroso y oscuro, donde los miasmas de las emociones parecen seguir flotando. Lo hace con palabras de luz y de brisa…

           “ Hombres y mujeres

           se abrazan.

           Porque el amor une más que la muerte

           se abrazan.”

 

Y la belleza de los versos supera al terror mudo de los hechos, porque para nombrar las emociones se necesita un lenguaje cifrado que sólo el corazón entiende…

     “Tú eres quien Dios escogió

para reclinar mi cabeza.

Tú eres el resplandor de mi pobreza,

tú la gloria de mi miseria,

la dulce y tibia niebla

de mi desamparo.”

 

Un lenguaje cifrado que recuerda ese otro de las profecías. Los poemas de La palabra muda parecen profecías póstumas del desastre.

 

“En la noche aciaga de los barracones

vivimos en un tiempo otro,

el de la edad marchita.

Pues por joven que seas,

cuando vas a morir

ya eres un anciano”

 

Un poemario singular tocado por la inspiración de principio a fin. Un relato que sobrecoge de principio a fin, por sus impactantes imágenes. Una obra que contiene tanto épica como lírica: la épica de un pueblo devastado por un sufrimiento sin parangón. La lírica de unos versos que, como arcos de un violín, rozan las cuerdas de la emoción hasta que se desata en lágrimas redentoras.

Shalom.

PRESENTACIÓN DE MEMORIAS DE LA CAUTIVA, DE CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN, por Tomás Sanchez Rubio




LA CARBONERÍA (Sevilla), a seis de diciembre de 2019.

         Buenas tardes, amigas y amigos. Estamos hoy reunidos en este local de la calle Céspedes, buque insignia de la vida artística e intelectual sevillana, para celebrar un acontecimiento literario largamente esperado como es la presentación de la novela Memorias de la cautiva de Carmen Hernández Montalbán.
         Muchas gracias a La Carbonería, que nos abre sus puertas y a todos vosotros por vuestra grata asistencia.
         Deseo ante todo expresarle a Carmen el más vivo agradecimiento por contar conmigo para presentar en nuestra ciudad su libro Memorias de la cautiva, galardonada merecidamente con el premio Alféizar de novela 2019. Asimismo, quiero darle la bienvenida en estos días en que Sevilla cobra una nueva apariencia, más luminosa, más brillante, por ser estas fechas, cercanas a la Inmaculada tradicionalmente el comienzo oficioso de las fiestas navideñas. Me siento especialmente honrado por presentar no solo a una escritora tan admirada por mí, sino también a una persona amiga caracterizada por una increíble sencillez y humanidad, como bien saben quienes de vosotros la conocen.
         Me gustaría recordar en el día de hoy como notable efeméride literaria la muerte de Baltasar Gracián en 1658. Escritor nacido un 8 de enero de 1601 en Belmonte (Cuenca), fue maestro de Gramática en Calatayud, y precisamente contemporáneo de los protagonistas de esta novela que gira en torno a la figura y los descendientes de Antonio Mira de Amescua, dramaturgo nacido en Guadix en 1577 y fallecido en esa misma ciudad en 1636.
         Antes de hablar de su obra, quiero decir algunas palabras sobre la autora. Carmen Hernández Montalbán, accitana de nacimiento y de vocación, no solo es una  creadora polifacética, sino también una persona generosa y entrañable, que tuve el privilegio de conocer personalmente, junto a su querida hermana Dori, durante la entrega de los premios “Guadix, primavera y vino” de 2017. Persona acogedora, lúcida y cabal, esta “poeta que no cesa”, es presidenta de la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte “Absolem, la Oruga Azul”, también es actriz de teatro y escritora sobresaliente en los géneros tanto de narrativa (Cuentos del viejo Wadis, Leyendas de Sulays...), como de poesía (La luz del fin de la Tierra, Los anillos de Saturno...). Sus escritos se encuentran en antologías diversas, y cuenta con numerosas colaboraciones en diferentes publicaciones. Por otro lado, Carmen es licenciada en Documentación por la Universidad de Granada, ejerciendo su labor en el Archivo Diocesano y Capitular de Guadix, sito en el antiguo templo mudéjar de Santa María Magdalena del siglo XVIII, un verdadero tesoro en una población plagada de ellos, como la iglesia de Santiago, la catedral de la Encarnación, la Alcazaba o el Barrio de las Cuevas... Y es precisamente esa ciudad a la que rinde homenaje nuestra autora en esta obra de impecable factura.
         Sobre la novela habría mucho que decir. Ven ustedes mi ejemplar lleno de anotaciones pues es una obra realmente rica, llena de detalles y referencias interesantísimas, de personajes intemporales y perfectamente delineados y caracterizados.  Intentaré resumir mis sensaciones e impresiones en unas pocas palabras.
         Me gustaría hacer referencia al prólogo de Jorge Rafael Marruecos Hernández, creador accitano notable por su labor musical, pictórica, así como en el mundo de la palabra. Con certera y afortunada expresión afirma Marruecos que la novela “es Carmen”, a quien se reconoce en sus páginas por ser ante todo una obra muy humana, llena de historia pero también de vida. Afirma que daría lugar la presente novela a un nuevo género narrativo que sería la “novela amable”. Estoy de acuerdo en tal aseveración por el tratamiento tan serio y minucioso, pero tan humano a la vez, de las personalidades, sucesos y avatares de los protagonistas en una mezcla de sentimientos e intriga que pocas veces he conocido en un escritor contemporáneo; sin embargo, yo la encuadro sobre todo en el género de la novela histórica, novela histórica en el mejor sentido de la palabra. Efectivamente, este ha sido un género de éxito que se ha hecho especialmente popular desde principios de la década de los 2000, a partir sobre todo de las obras del escritor estadounidense  Dan Brown. El tratamiento de los hechos históricos en las novelas de este tipo se ha caracterizado por la explotación del elemento legendario, recreándose en lo oculto, lo esotérico: sociedades secretas, mensajes cifrados proveninetes del pasado... Tales componentes se han amalgamado en numerosas obras con desigual fortuna según los conocimientos o a fantasía de los autores. Sin embargo, a mi modo de ver, en tales obras se echa de menos las características que deben prevalecer en la auténtica novela histórica y que están presentes en Memorias de la cautiva: la rigurosidad del estudioso junto a la sensibilidad del poeta, de esa poética de lo cotidiano que es capaz de recrear quien verdaderamente conoce la historia -o más bien intrahistoria- “real” de un tiempo preciso. En la novela de Carmen Hernández Montalbán hay un ir y venir de personajes y situaciones reales junto a personajes y situaciones ficticias, pero tratados estos últimos de una manera tan escrupulosa y con tanta sensibilidad, que siempre van a parecernos verosímiles, cercanos y frescos... Todo suceso histórico es recreado en su humanidad, de modo que, por ejemplo, la revuelta morisca de 1568 nos lleva a la triste realidad cotidiana de los conversos que, siendo españoles, sufrirán la hostilidad y la incomprensión de muchos de sus compatriotas.
         En cuanto al marco cronológico, la acción de la obra se desenvuelve entre 1644 y 1648. No obstante, tienen lugar continuos saltos atrás en el tiempo, pero tan bien hilvanados que, pudiendo dar lugar en otros autores a un complejísimo argumento, en ella no hay lugar para la pérdida del hilo conductor de la trama. La naturalidad y soltura con que son tratados los hechos se combina con los componentes de una auténtica intriga -presencia de un misterioso testamento, el cofre, el manuscritos, secretos no confesados...-, elementos unos y otros dedicados a revalorizar y dignificar una época, un personaje real e histórico y una ciudad.
         A este respecto, podemos hablar, aparte de una novela coral narrada en tercera persona y enriquecida con las variopintas voces del rico mundo que ofrecía el Guadix del XVII -reflejo de una España y una Europa singulares-, también sobre todo de una acción perfectamente contextualizada por sus continuas alusiones al arte suntuaria, la gastronomía o la medicina. Recordemos, las minuciosas descripciones de muebles y aposentos, detalladas recetas de guisos, o la referencia a los síntomas y tratamiento de la varicela (“lechina”). Junto a estas alusiones, asistimos como espectadores privilegiados a la procesión del Corpus o la fiesta de San Antón de una ciudad que revive ante nosotros, mirándonos a los ojos, mientras la contemplamos a ella respirar y bullir.
         Son tres las historias resueltas con inusitada sencillez, en suma, que esconden un laborioso proceso de investigación y reflexión; lo cual no hace más que reafirmarnos, conforme nos adentramos en la trama del libro, en la idea de que Memorias de la cautiva es una auténtica novela histórica en la mejor tradición de los clásicos de dicho género.

         Para terminar, no me queda más que aludir a ese mensaje final, encerrado en los últimos párrafos del libro, que supone una verdadera y necesaria llamada a la tolerancia y generosidad, ingredientes que hacen posible una real convivencia entre personas aparentemente distintas, recordándonos el hecho de que las fronteras son siempre algo relativo y artificial, más presentes en nuestras mentes que en nuestra vida diaria y en nuestros sentimientos. Un final redondo para una obra que habla con sabiduría de la vida y de la historia de unos hombres y mujeres intemporales por cuanto siguen amando, sintiendo y viviendo en todos nosotros.

LAS ARCAS DEL AGUA DE ANTONIO MORILLAS, por Carmen Hernández Montalbán





      He tenido el placer de leer un libro de relatos de gran amenidad cuyo título es “Las arcas del agua”, de mi amigo Antonio Morillas Jiménez. A este autor, natural de Purullena y afincado en Getafe desde hace muchos años, ya se le conocían dos publicaciones anteriores: un libro de poesía, “Un paseo por los días” y una novela, “Lo que cuesta nacer”.

  Tanto la novela como el libro “Las arcas del agua” están impregnados de experiencia vital, de tal modo que la primera podría considerarse una biografía novelada del autor. Es esa experiencia vital y la capacidad de observación lo que caracteriza a los relatos, pues están inspirados en personajes, muchos de ellos reales, que forman parte del escenario cotidiano de ese barrio getafense. A través de estas historias, Morillas nos cuenta las venturas y desventuras de un elenco de personajes urbanos. Como bien se expresa en la parte posterior de la cubierta, son personajes que confluyen en una tierra de “aluvión”; venidos de lugares dispares, inmigrantes en busca de otra suerte de vida, pero que ya forman parte de un cosmos, con una atmósfera común.

   Veintiséis relatos que nos acercan peripecias de hombres y mujeres a los que el destino convoca en las cafeterías de Las Arcas del Agua, donde el narrador, hábil observador, los ve pasar o entabla con ellos conversaciones. Personajes pintorescos que cada día cumplen rigurosamente un ritual, como es el caso del fumador de puros “Farias del 7”. Artistas ambulantes como “El Guita”, que emigraron de su tierra cruzando el charco y trasladaron con ellos las historias y costumbres de la lejana Argentina, transformándose en “un argentino apócrifo”, en palabras del autor. Mujeres de la noche como “La puta de la Iguala”. Magrebíes que se establecieron abrazando una vida más digna como “Sami”. Camareras que son protagonistas de las fantasías sexuales de los clientes. Historias conmovedoras que nos pintan una sonrisa o nos empujan una lágrima.

    Con un lenguaje sencillo y coloquial, Morillas nos traza el esbozo de sus vidas, sus conflictos, aquello que los hace peculiares; escenas que se unen por un elemento común: la supervivencia. Y es esa característica de supervivientes lo que confiere unidad a la obra, la que los hace empatizar con el lector. Porque son personajes de carne y hueso, liberados del corset de los personajes de ficción cuya trayectoria no es previsible.



     Y es que la vida misma nunca es previsible, por eso los relatos de “Las arcas del agua”, tampoco lo son, porque son como la vida misma y eso les otorga frescura.


MASS MEDIA, por Carmen Hernández Montalbán






La nave nodriza aterrizó tirana,

extendió sus tentáculos invisibles,

lanzando guiños insolentes

a través de las válvulas de vacío.



Se limó las uñas a mil revoluciones

sobre la pasarela de vinilo,

tenia a las multinacionales a sus pies.



Se vestía y comía a escote

de las campañas electorales,

hizo el amor con las masas,

con el efervescente chasquido

de una chapa de Coca Cola,

parió la globalización.



Reina y señora de las redes,

nos devuelve una actualidad maquillada

a brochazos de photoshop.

¿Te gusta?
Ahí la tienes,
hazte con ella un selfie.

Porque Dios lo manda, por Carmen Hernández Montalbán


Ideal, 19 de agosto de 2019

            Ahora sabía fray Hernando por qué le acometió aquel escalofrío la primera vez que miró a los ojos al rey Fernando. Aquella mirada estaba envuelta en la mansa apariencia de un rostro de piel blanquísima, cabellos lacios y oscuros; caracterizada por una falsa expresión beatífica, cuyas pupilas aceradas brillaban tan metálicas como los doblones de oro que la corona de Castilla había arrebatado a los judíos tras su tiránica expulsión.
            Sí, el rey lo llamó a su cámara. Lo sometió a un escrupuloso interrogatorio en el que trató de intimidarlo reiteradamente ¿por qué la reina se había obstinado en respaldar el proyecto de aquel genovés embaucador cuando todos los expertos y estudiosos de la corte lo desaconsejaban? Como confesor de Isabel, Talavera debía estar al tanto de los pecados de la reina, él debía conocer las flaquezas que ella le confiaría, creyéndolas sepultadas bajo secreto de confesión. Y así era, fray Hernando de Talavera no se dejó amedrentar por las soterradas amenazas del rey.
- Alteza, si pedís mi parecer acerca de la constancia y lealtad de la reina hacia su rey y marido, os diré que la considero inquebrantable, mas no me pidáis que os revele aquello que me ha sido fiado en confesión,  pues sólo a Dios pertenecen los pecados de los mortales ¡grandes y saludables son los efectos que con el secreto y la reserva se desean proteger!.
            El rey sin mover un músculo de la cara que delatara su nerviosismo repuso:
- ¡Grandes han de ser si Dios así lo manda! Que él os ilumine para interpretar su voluntad fray Hernando, sin que haya menoscabo de su justicia.
            Y diciendo esto lo despidió con un gesto. No hubo, Talavera, terminado de darle la espalda, alejándose previamente unos pasos, cuando el rey reclamó su atención de nuevo con una pregunta…
- ¿Cómo se halla de salud vuestra anciana madre, aquella judía de Oropesa?.
            La expresión del arzobispo se ensombreció y, tras un silencio incómodo durante el cual, el prelado y el rey se sostuvieron la mirada.Finalmente este musitó:
- Mi madre, doña Balbina se encuentra bien, gracias a Dios.
            Aquella noche, Fray Hernando durmió mal, tuvo sueños perturbadores donde el fuego lo devoraba todo: los libros de la madraza, los campos de trigo ya espigados, mareas humanas de reos  aullaban sobre una inmensa pira que se extendía por las calles de Granada, avivada por las antorchas que arrojaban unos frailes con cara de enajenados. El arzobispo preguntaba a unos y otros la razón de tal desatino. –“Porque Dios lo manda”, - gritaban, elevando la voz entre los alaridos de los condenados. Talavera, espantado y consternado, mandaba detener aquel infierno, pero los clérigos no reconocían en él la autoridad y reían a carcajadas como posesos.
            ¿Cómo era posible que Dios mandara semejante matanza y destrucción? Dios, el Dios que él reverenciaba, en su infinita misericordia, no podía ordenar aquel holocausto. Quiso alejarse y lo hizo subiendo por calles angostas de la colina del Albaicín hasta que extenuado, llegó al Sacromonte, allí , junto al  lugar donde se alzaba la Torre Turpiana, halló una última pira aun sin arder, sobre la que había una cruz de madera. La crucificada era una anciana y a sus pies, estaba un fraile encapuzado, de espaldas a él. Se aproximó para ver mejor la escena y descubrió con pavor que aquella mujer era su madre. Se dio la vuelta y le arrebató la antorcha al monje que comenzó a reír a carcajadas y se descubrió quitándose el capuz. Talavera miró aquel rostro, al fin desenmascarado, era el rostro de su alteza real, don Fernando de Aragón. Sobre su pecho, colgada, tenía una cartela de oro en la que podía leerse: DIOS.

LA NOVELA DE GUADIX, por Fernando de Villena.


                            
página de Wadias Actualidad y Cultura mayo 2019





Con la novela “Memorias de la cautiva” la escritora accitana Carmen Hernández Montalbán acaba de ganar el premio de narrativa de la editorial “Alféizar”. Se trata de un libro impregnado de principio a fin por una gran sensibilidad femenina (y no por ello feminista en ninguna de sus páginas). Es una obra llena de sensaciones olfativas, del gusto, del tacto, y en la cual se recrean maravillosamente las atmósferas de los distintos lugares donde se desarrolla la acción y también la de la época: los siglos de Oro.
            Las protagonistas son dos mujeres, Angélica y Ana, de diversas generaciones, pero con importantes vínculos. Aunque en la novela existe otra protagonista aún más señera: Guadix.
            Conozco bien Guadix y puedo afirmar que es una ciudad difícil, fría, cerrada, acaso demasiado viril, aunque tal vez en todo ello se cifre su hermosura. Pues bien, Carmen Hernández Montalban consigue en las páginas de estas “Memorias de la cautiva” apresar el alma de esta ciudad cargada de historia y de misterio.
            Pero es que además de los personajes principales existen en el libro otros de gran interés y fuerza: esas moriscas convertidas sólo a medias a la fe cristiana, esas criadas, esas sórores, esas señoras linajudas… Toda una galería de retratos llenos de viveza y con ellos un caudal de verdadera cultura popular: recetas culinarias antiguas, remedios curativos ajenos a la medicina tradicional, jaculatorias, refranes… ¡Una delicia!
            La obra está inspirada en la figura del poeta y dramaturgo accitano Antonio Mira de Amezcua, aunque él mismo apenas aparezca en las páginas del libro. Carmen Hernández Montalbán trabaja en el archivo Diocesano y Capitular de Guadix y su experiencia en el trato con legajos de antaño se nota no sólo en el dominio del léxico áureo y en el conocimiento de las genealogías de los personajes históricos que se nos presentan, sino también en lo atinente al doctor Mira. Conoce la autora los estudios de Carlos Asenjo Sedano, Concha Argente del Castillo y Agustín de la Granja, y de todo este trabajo erudito se vale para acometer su narración a la que, sin embargo, no le resta ni un ápice de amenidad. La novela se lee casi de corrido, con interés creciente, sin que la documentación asimilada ahogue en ningún momento el discurrir de los hechos. Y es que Carmen Hernández Montalbán sabe mantener el pulso narrativo.
            A veces, los saltos temporales pueden confundir al lector, pero pronto se acostumbra a ellos.
            Jalonan el texto profundos pensamientos y hermosos símiles y toda la obra se encuentra salpicada de magia y de sabor.
            Sabemos que la autora tiene en proyecto una nueva novela histórica situada en la Guadix romana. Yo le recomendaría que también escribiese otra sobre la guerra civil en la ciudad y crease con ello una gran trilogía accitana.

                                                           
            



ROSA BERBEL, UN NUEVO TALENTO, por Carmen Hernández Montalbán.




 La poesía se nutre en gran parte de la curiosidad, como todo conocimiento, se alimenta de curiosidad y de la búsqueda de respuestas. Las personas con talento guardan en su mente una vorágine de interrogantes, reflexiones y emociones que son constantemente catalizadas. Los poetas, las poetas, utilizan un lenguaje diferente al convencional para expresar una idea, un sentimiento, una experiencia…,  y ese lenguaje tiene el poder de evocar, conmover, impresionar al lector. El lector es la caja de resonancia donde reverbera la obra poética. Por eso, la poesía que no nos deja impasibles es la buena poesía. La de Rosa Berbel es buena poesía, más aún cuando la obra de esta joven poeta es su ópera prima.

Ella, con su primer poemario: Las niñas siempre dicen la verdad, ha sido  galardonada con el Premio Antonio Carvajal de Poesía Joven 2018.



La primera parte de Las niñas siempre dicen la verdad de Rosa Berbel, representa la mirada retrospectiva del adulto que ha mudado la piel de una adolescencia reciente y la observa con cierta perspectiva, entre la nostalgia y la rebeldía. Sus versos rotundos acentúan la resolución de dejar atrás una etapa, cuyos vestigios disecciona la autora en doce poemas. Tal determinación queda explícita en el título que engloba esta primera parte: Quemar el bosque.

Rosa Berbel hace un ejercicio poético de abstracción al plantear los poemas a manera de imagen, pintura, fotografía o secuencia fílmica, que le sirven para tomar distancia de las emociones y los recuerdos: “Estamos en el centro de la imagen, / nuestros rostros pequeños en el centro de todo / con una luz encima”.

Los poemas, de asombrosa madurez, incisivos como el bisturí que hundiera su hoja afilada en la realidad; la realidad que se revela bajo el nuevo prisma de una adultez temprana. Aspectos de una realidad que no parecen hacer cogido a la autora desprevenida sino bien pertrechada para encararla.

Destaca en esa primera parte la toma de conciencia de su condición de mujer: ¿Qué pasaría si ahora, de repente, / el león-mujer saliera de su espacio / y arañara a los hombres con sus zarpas, / y escribiera sin manos su sentido?.

Planes de futuro es como se llama la segunda parte que se abre con un conciso y extraordinario poema-metáfora en la que pone de manifiesto el poder de la palabra y la imagen para conjurar los acontecimientos venideros advirtiéndonos de que el camino se hace andando y que nuestros pasos van marcando la ruta: Siempre, sin ninguna excepción, / la imagen crea el acontecimiento. / Cuando digo mañana nos convoco.

En la segunda parte del poemario, Rosa nos avisa de la esclavitud de vivir pensando en el futuro, dejando escapar el presente en su plenitud. Nos invita a salir, aunque sea alguna vez, de nuestra zona de confort y aventurarnos. Subraya esta idea en todos los poemas en los que se plantea la incógnita del devenir y lo que esto puede significar para una persona joven deseosa de experiencias: “La suerte del amor es ese instante / en que vuelves a casa / como un niño / y te preguntas de nuevo cuánto falta / cuánto falta otra vez / para el futuro.” O “Dejar que entre la luz /dejar que entre la luz / y te despierte”

Sala de espera para madres impacientes, título que lleva el único poema, extenso, de la tercera parte. En ella, Berbel propicia un escenario cercado, obstaculizado: la sala de espera de un hospital en el que unas mujeres se debaten y debaten sus conflictos y la situación espacio temporal las obliga a romper sus rutinas y sus roles.

Su poesía, cargada de simbolismo e inconformismo cuestiona unas reglas sociales caducas, rompiendo clichés tanto en el concepto como en la forma, por eso es tan singular e interesante esta obra.



Carmen Hernández Montalbán


Publicado en Ideal de Granada, el 1 de marzo de 2019

Comentario a Los anillos de Saturno, por Mónica Doña


“LOS ANILLOS DE SATURNO”, me ha sorprendido por su valentía y variedad de registros. Está dividido en tres partes bien definidas y distintas. En la primera parte, de donde se extrae el título del libro, Carmen Hernández Montalbán, que no se anda con chiquitas, denuncia un mundo atroz y deshumanizado, instalado en la locura y la destrucción: guerras, cárceles, humillaciones, ciudades reducidas a escombros y como la poeta escribe: “hombres isla encapsulados en un mar de soledad”, versos del poema PERDIDOS que espero nos lea. Aquí, hasta el propio lenguaje utilizado es bronco. Hay otro poema titulado TREGUA que no sé por qué, me ha llevado a visualizar el propio paisaje de las tierras de Guadix, que nos remite, queramos o no, a tiempos primigenios, a orígenes humanos. Leo la primera estrofa:
“Mirando desde aquí,
desde la burbuja de arcilla
donde las cicatrices milenarias
nos hablan de la vida,
parece que el bullicio
de esta era confusa
solo fuera el eco
de un delirio remoto”.
Desde luego, querida Carmen, si yo hubiese escrito este conjunto de poemas, estoy segura que habría acabado exhausta.
Y pasamos a la segunda parte del libro que nuestra autora titula “EL MERCADER ALADO” y que no es otro que Mercurio, el dios del comercio en la mitología romana, representado siempre con alas en los pies. Aquí, es un personaje avaro que ríe a carcajadas y se asocia a la codicia de nuestro tiempo. Hay en esta segunda parte un cambio de tono: de la clara y rotunda denuncia, se pasa a una actitud crítica en donde la poeta se sirve del sarcasmo y algo de sátira para hablar de una sociedad enferma, corrompida por el desaforado consumo. He aquí el capitalismo neoliberal al desnudo que nos convierte en dígitos, que nos lanza mensajes que –en palabras de nuestra autora- son “un atentado neuronal”. Me ha llamado la atención un símil original y muy didáctico que señalaré de forma no literal: “Nuestro cerebro absorbe el mensaje sin filtrar, como absorbe el detergente una lavadora”, nos dice con ligeras variaciones, Carmen, en su poema aludido: ATENTADO NEURONAL.
En esta parte también se juega a hacer rimas consonantes; aparentemente resulta extraño cuando se está leyendo verso libre. Aunque lo llame juego, es un recurso más que consigue  acrecentar el tono sarcástico de estos poemas que también rozan el humor negro. En resumen, diría que Mercurio -el Mercado Mundo-, se ríe de nosotros y nosotros nos defendemos como podemos.
Y llegamos a la tercera parte donde de nuevo hay un cambio de registro. Bajo el título LAS LÁGRIMAS DE VENUS, desfilan unos poemas más líricos y a la vez, más cercanos. Casi domésticos comparados con los anteriores. Aquí nos encontramos, al fin, con un canto a la vida, a la poesía, a la naturaleza más amable convertida en árbol o lluvia. También al goce de los sentidos y a la belleza de lo efímero. Se recobra la mirada interior y se consigue, por ejemplo, en el espléndido poema MIMISICO –al parecer, un gatito-, hacer de una casa un universo.
He aquí la poesía, he aquí el poeta y su maravilloso estigma: hurgar en las llagas y ser “como un faro en la tormenta”.


NOTAS PARA LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LOS ANILLOS DE SATURNO” DE CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN”, por Enrique Grac ia Trinidad. Casa del Lector, Madrid, Viernes, 8 de septiembre de 2017.

Ilustración de Enrique Gracia Trinidad

Estimados amigos:
            Tengo que contar un secreto que no lo es o no debiera serlo. Los poetas son gente peligrosa; sacan a relucir los sentimientos más intensos, esos que casi todo el mundo tiene miedo de airear; hablan de emociones humanas que si los seres humanos las pusieran todas juntas trastocarían el orden universal, -afortunadamente no hay forma de juntarlas-; hablan de la vida creando nuevas realidades, y menos mal que, en su ignorancia, casi nadie se lo cree porque si fuese así, el mundo cambiaría radicalmente, y eso no le conviene al mundo por lo visto, que sique prefiriendo su ceguera habitual.
            Esta poeta cumple esos objetivos como es debido: escribe sentimientos intensos, saca emociones profundamente humanas, crea nuevas realidades de vida.
Y además lo hace escribiendo bien –si no creyera que lo hace yo no estaría aquí- lo que es bastante más difícil, porque en estos tiempos que corren, una inmensidad de gentes, que se llaman a sí mismo poetas, se conforman con emociones y sentimientos, pero se olvidan de que la poesía es un arte, una parte primordial de la literatura, y se hace con palabras e ideas. Y luego pasa lo que pasa, que nos suenan a lo mismo de siempre y hasta aburren.
Carmen no, Carmen hace literatura y la hace llena de intención, de recursos, unas veces cumpliendo las normas convencionales y otras adaptándolas a lo que nos quiere contar, lo que no sólo es lícito sino recomendable.
Y es que esta joven es una poeta y una mujer de su tiempo: comprometida, sugerente, rotunda, decidida. No en vano arranca el libro con un poema titulado, al mejor estilo goyesco: “El sueño de la razón”, y lo termina con un escritor (que bien puede ser ella misma) que rescata una pluma casi abandonada, la humedece en sangre y escribe.
Cualquier literatura se escribe con tinta y la tinta lleva pigmentos, goma, tolueno, resinas y hasta cinabrio si se quiere tinta roja. Pero la tinta de la poesía siempre lleva una buena dosis de sangre (entiéndase sangre como sustancia de vida).
Cuando se dice que detrás de un libro de poesía siempre hay una persona, una vida, una forma de mirar, suele ser cierto y en este caso absolutamente cierto.
Detrás de estos versos puede verse a la niña de la cueva de Guadix con perfume a tomillo, arcilla mojada, leña quemada y cal; a la muchacha que quitaba los pinchos a los cactus para que no los hirieran, a la que no le iba mucho el punto de cruz que enseñaban las monjas, pero recuerda con cariño a la profesora Mercedes que le enseñó a leer y escribir.
Esta es la mujer que tiene en la memoria las lágrimas del abuelo Papavillo; las fotografías de Joaquín “el agujero”, fotógrafo ambulante vecino suyo; las palabras de Manuel “el loco” que decía haber comido rebanadas de aire con rodajas de viento”; los ánimos del profesor Francisco, que la llamaba poetisa para que siguiera esforzándose en todo lo artístico; los aplausos al primer grupo de teatro que organizó cuando tenía once años, y luego otro en la universidad.
Esta es la que reconstruye su árbol genealógico, llegando hasta el mismísimo siglo XVII, descubriendo antepasados franceses y granadinos, comerciantes de pan y fruta, pastores, labradores, fabricantes de guitarras y hasta un obispo que está a punto de que lo canonicen.
Esta es la escritora llena de experiencias vitales, que ha trabajado limpiando casas, recolectando tomates, de taquillera en un museo, de canguro, de payaso en fiestas infantiles, haciendo genealogías por encargo y de documentalista en bibliotecas y archivos, que esa es su titulación universitaria.
Cuando la experiencia vital es mucha, el poeta crece, y este es el caso de Hernández Montalbán. Yo la veo crecida no sé si en experiencia, que también, pero sí en experimento, que es algo mucho más proactivo como diría mi maestro el artista Labra Suazo.
Desde la memoria de aquellos escenarios de su niñez –la cito a ella misma- “Cuevas para vivir, cerros, secanos, cal y luz, amaneceres lunares, mediodías cegadores y atardeceres dorados”, hasta la vida de hoy: lectora impenitente, un poco yogui, algo ascética, rodeada de buenos amigos, metida en proyectos teatrales, colaborando en grupos literarios, revistas y colectivos y amante de los mejillones al vapor, el salmorejo, los paseos por el campo, las buenas conversaciones y el pisto.
Ya sé que han venido ustedes a la presentación de un libro y están escuchando datos de la autora y poco del libro. Pero eso se explica fácilmente.
El libro lo van a leer todos (si alguno no va a hacerlo, ya se puede largar de aquí con viento fresco); y a mí nunca me gustó empezar a decir lindezas: “que si hay que ver qué bien escrito está, “que si tiene un par de oximorones, dos epanadiplosis, unos poemas anisosilábicos muy buenos, unos pentámetros de no te menees y dos metonimias de tomo y lomo…”.
Todo esto no sirve para nada porque ustedes lo van a ver mejor que yo, sin pararse en nombres raros o definiciones de manual pretencioso, y lo van a disfrutar en directo. Y maldita sea si necesitan que un presentador pesado les de la tabarra en plan crítico y académico –dos condiciones que más vale que se olviden antes de abrir un libro de poesía-.
Además, Eduardo Moreno Alarcón ya ha hecho una muy bien tramada introducción que aparece en el libro y que les recomiendo que lean también.
Yo, en lo que aquí me toca, prefiero poner en suerte a la poeta, a la persona que hay detrás de la poeta y que luego el libro se valga por sí solo, que seguro que lo hará.
En todo caso, permítanme que, si empecé diciendo que los poetas en general son gente peligrosa, lo repita ahora, refiriéndome en concreto a esta autora que hoy tenemos entre nosotros.
Siempre recuerdo los magníficos versos del maestro Pessoa:
“El poeta es un fingidor / finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”
Pues bien, también se cumple en Carmen esta condición tremenda, pero sustancialmente poética. Parece que nos engaña, pero es un fingimiento de lo auténtico, de lo más real. Nos plantea un libro llamado “Los anillos de Saturno”, y cuando parece que nos va a contar cosas del espacio sideral, se larga con unos poemas absolutamente terrestres, llenos de compromiso, de búsqueda, de denuncia. Y salta de Venus a un corte de mangas, de Mercurio a La Celestina, del conocidísimo Eros a un selfie, la cárcel de Guantánamo o la mismísima bruja Piruja.
Es decir, que en este libro repleto de sorpresas, de denuncias, de ternuras, de ironías y de saltos al vacío –la poesía siempre es un salto al vacío-, la autora hace alarde de actualidad y de conciencia, de cansancio y esperanza; y, sobre todo de algo que estimo en los poetas sobremanera: de escribir para todos y de todo. Al contrario que gran parte de los poetas actuales que aburren a las ovejas de tanto mirarse su propio ombligo, hablar sólo de ellos y creerse que todo gira alrededor suyo, nuestra poeta nos busca cómplices de su pensamiento, nos compromete, no quiere que salgamos ilesos de su lectura sino pensantes y dolidos, solidarios y un poco más humanos.
Sólo por eso, que no es poco, acepté de mil amores presentar a esta poeta que les recomiendo sin contemplaciones.
No van a salir ilesos de esta sesión de hoy. En realidad nunca se sale ileso de una buena sesión poética, de la lectura de unos buenos versos.
Pero no les importe. Si la mancha de la mora con otra verde se quita, la lesión de un poema, con la lectura de otro, desaparece.

Ese es el milagro de la poesía, y  -no les quepa duda- el milagro de la poesía de Carmen Hernández Montalbán.

LA DESMEMORIA (Prólogo del libro "Los anillos de Saturno"), por EDUARDO MORENO ALARCÓN




***



            Imaginemos, por un momento, la vastedad de la Vía Láctea. El viaje de los astros en la noche más sombría. Espacio frío, oscuro, silente. Lugar ignoto, perturbador. Tal es el punto de partida del poemario que ahora tienes en tus manos. Espejo del cosmos, su autora nos sumerge en la negrura de un abismo sideral. Abismo que es origen de la Tierra y de la vida. Abismo que es el nuestro y que los versos perpetúan con desgarro, recordándonos que fuimos, que somos, que seremos polvo de estrellas.

            Siguiendo la estela de La luz del fin de la Tierra, tres son las partes que componen este libro, tres hitos que transitan de la bruma hacia la luz.

            Los anillos de Saturno, primer acto, nos arroja al precipicio que separa la cordura y la locura. Cada poema deja huella en la memoria, como cola de cometa sobre el cielo. Pujante, emerge Carmen, perfora el alma su poesía. Hay denuncia en la voz, hay desgarro, suave aspereza, sutil metáfora impactante. Profunda sencillez que lanza un dardo al corazón. Los versos se revisten de belleza para darnos un hachazo en las entrañas que nos haga despertar a la conciencia. El de Hernández Montalbán es un mensaje poderoso sin aristas ni estridencias. Sí, el sueño de la razón produce monstruos. Esa razón abotargada que, acaso sin saberlo, nos conduce a la locura destructiva de las armas.

            El hombre, en su carrera frenética, huye de sí mismo, se aleja de la tierra —su esencia—, y el mundo se convierte en desenfreno sinsentido. Blande su filo la demencia. El delirio nos persigue como sombra. La deshumanización convierte al ser humano en predador de sí mismo. Así refleja Carmen su metáfora: ángeles caídos, sin memoria. Perdidos los recuerdos, simplemente, no somos. «La intrahistoria es Existo», sentencia la accitana.

            El tiempo es un testigo ya cansado de hecatombes. El mar es tiempo de agua que contempla los escombros.

            En Los anillos de Saturno, el cielo se amortaja, la luz se opaca. Aquella Luz del final de la Tierra se ha apagado, de súbito. El poema es la llamada de socorro a la cordura que nos saque del naufragio irremisible.   

            El mercader alado, segunda parte del poemario, es una crítica social sin paliativos. Hernández Montalbán no da respiro y acentúa la firmeza de su canto nunca rudo. Las palabras son caricias que estremecen, cargadas de mensajes milenarios, dictadas con serena contundencia. Se exhibe lo vacuo, lo superfluo, lo estéril, el artificio en que vivimos, confundiendo lo virtual con lo real. Desidia y hastío, apatía de un ser humano decadente y conformista, abúlico.

            El libro nos ofrece algún chispazo de humor negro, cual flechas que despierten al mediocre refugiado en la manada, reclamo al alma y la conciencia.   Los poemas de Carmen nos escupen las verdades a la cara, y al tiempo dejan posos de hermosura. Nada de edulcorantes.

            Con Las lágrimas de Venus acabamos este viaje literario. Poco a poco retorna la luz. Regala un canto a lo fugaz de la existencia, al deseo. Los hombres se diluyen y dan paso a otras criaturas más amables: gatos y árboles. La magia de los libros cual refugio. Y el amor: la brújula que guíe nuestros pasos al origen. Al sentimiento redentor.

            «La luz vence la niebla,

            iluminando el sendero oscuro del espíritu.»

            Los anillos de Saturno nos incitan a vivir con plenitud, mirarnos piel adentro y rebelarnos ante un mundo artificial; cantar al sentimiento y regresar a lo que somos: razón y emoción. El origen habita en lo puro. Carmen Hernández nos desnuda las miserias de los hombres, sondea sus almas, y, sin recurrir a la anestesia de eufemismos, nos muestra una mirada dolorida, luminosa, subversiva, esperanzada.



Eduardo Moreno Alarcón

Comentario a “Los sueños del Náufrago” de DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN, por Carmen Hernández Montalbán


I Parte
Se medita, la autora, en esta cosmogonía lírica, intenta explicarse el origen de las cosas, de sí misma por medio de esta observación poética donde la naturaleza la fascina y la asombra a partes iguales. Inicia un periplo estético, visionario, a través del cosmos, deteniéndose y profundizando en cada uno de los microcosmos que lo componen.
Todo el discurso poético de la autora en esta primera parte que ella titula: “Cartografía”, camina paralelo a la emoción; donde el silencio y la sensación de soledad e incertidumbre le crean la necesidad de sumergirse en el misterio que la rodea, como el cosmonauta que emprende un viaje por un territorio desconocido y va narrando sus descubrimientos en su singular cuaderno de bitácora. Es consciente de la inmensidad del territorio que se dispone a explorar y de su misterio inconmensurable, por eso, presiente y anuncia su inevitable naufragio: “La oscuridad del ser es insondable / pues estamos hechos de un agua invasora / que nos socaba y sumerge / y a esta profusa incógnita / sólo se llega a ciegas.”
También es consecuente de que este viaje ha de emprenderlo en soledad, sin la protección ni el apoyo de sus semejantes, sin el amparo de un ser superior que habita en el sueño colectivo: “Nadie vendrá por esta ignorada ruta / nadie me salvará del naufragio / ni tan siquiera él / el arcángel que habita en lo más recóndito del sueño de los hombres…”
La autora, la mujer, el ser humano, en este orden, se medita en un avatar que la seduce, pues no hay duda de que este es elegido, incluso deseado; porque a través de él, la autora marca su parcela de libertad, su sed de evasión: “En ocasiones me gustaría ser como el albatros / esa extraña ave, que indolente, sigue surcando los vientos furiosos / (…) para poder volar al fin victoriosa sobre la blanca espuma.”

II Parte
La segunda parte se titula: “Cuatro lunas de sangre o poemas sobre los que el pájaro se posa”. La poeta nos habla aquí del mundo más cercano, de la tierra que pisamos y los acontecimientos negativos que la conmueven profundamente. Asocia, metafóricamente, el fenómeno astronómico del eclipse a predicciones apocalípticas. El pájaro (la autora) se posa en algunos de ellos. El pájaro es la rúbrica de la autora como ser que se duele de las injusticias de los hombres, subrayando las virtudes del pájaro a la par que su fragilidad. El pájaro es la alegoría de la libertad en ocasiones: “Y al escucharlos / él mitiga el miedo, /cierra los ojos e imagina que puede volar como un pájaro. / El ave sobre la alambrada / no teme la descarga”, otras la de la fragilidad, la vulnerabilidad contra las que el ser humano atenta: “Bosa, Bosa, Bosa, / soy un pájaro, se dice, / tan sólo un frágil cuerpo / en trance hacia la muerte.”
Esas lunas de sangre son el preámbulo de la miseria del mundo, cuyo movimiento hacia la injusticia es causante del eclipse, de las señales que lo suceden: el hambre:”La mujer africana ha de saberlo, / cuando disfraza la muerte / con ropas de vivos colores, / cuando amamanta a sus hijos / con las ubres secas, / cuando se prolonga en su delgadez…” la guerra:  “El corazón no puede con tanto fusil / ni con el silencio de los muertos, / No puede con la sutileza de la tiranía…” o las encarnizadas fronteras: “Hasta esta orilla / te trajo la búsqueda del ansiado norte / con sus paraísos cerrados / y sus trenes veloces…”

III Parte
Termina el poemario con una conclusión: la del naufragio. El influjo de una luna crispada nos arrastra esta vez hacia un naufragio involuntario. El pájaro ha de volar hacia otras latitudes en busca de su ansiada libertad, pero se convierte en una quimera: “Bajo su embrujo, / todos iniciamos un nuevo éxodo, / sonámbulos, hechizados vamos, / tras sus ángeles de sombra…”
Dice la autora en la cita de apertura de esta tercera parte “Desde la gran eclosión en el mundo sólo quedan náufragos” En la que nos remiten a las dos partes anteriores…, porque al principio se habla de renacimiento, de origen, de partida, de inicio e iniciación. En la segunda parte se habla de conflicto, de ruptura, de lucha. También de fracaso, de frustración.
Es el resumen de todo lo aprendido en el viaje. La autora se deja fluir, se abandona a la corriente…: “Atrapada en la memoria del camino, / desnudó su cuerpo entre los álamos, / buscó en la corteza, / la antigua promesa de amor / con la grafía de su nombre, / Pero todo fue inútil, pues sólo el tronco conoce ya / en qué pliegue de su corteza / curó la savia tal herida.”


COMENTARIO A “LOS CONCIERTOS DEL FRÍO” de Pedro Casamayor Rivas, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTABÁN




   En estos conciertos del frío del solista, Pedro Casamayor Rivas, se ha vestido de tierra. Su melodía de invierno nos despoja de un tiempo de impostura y artificio, desde donde el autor arrastra con el viento de sus versos honestos la hojarasca de lo vano, de todo lo que ha cortado sus raíces y por ello, ha de pudrirse sin remedio.
   Nos envuelve su música en notas de certeza cadenciosas que van in crescendo, sorprendiéndonos con los abruptos silencios de sus finales, con la guillotina de sus sentencias.
El viento al que invocan sus violines nos invita al cambio con paréntesis de silencios, pues sólo en el silencio se reconoce la herrumbre, se repara en el desorden y cada elemento encuentra su acomodo.
   
   Lectura de los poemas:
La oxidada canción (p. 34), El blus de las mentiras (p. 25), Agitador de mariposas (53 p.) y Elegía anticipada (p. 44).

   El autor se viste de tierra. Y para dar sus frutos, reclama el beso de la lluvia, pues es en el agua donde germina la vida. Agua en forma de torrente líquido que penetra en la roca convirtiendo lo inanimado, lo estéril en campo abonado.
   Lo hace, a veces pausadamente, como las notas de un piano de cola. Sus gotas se dejan sentir melancólicamente, para convencernos de que todo ha de morir para renacer de nuevo. O lo hace en forma de nieve: la capa inmaculada que cubre la tierra y la convierte en lodo, donde fermentará todo lo caduco. Con la nieve, el tempo se hace más lento, casi grave, se torna solemne. El poeta se recoge, dirige la mirada a su interior, medita y formula su alegato a favor de la naturaleza, de lo que fluye de forma natural, se reconoce en el cambio de las estaciones, en la mudanza del tiempo, en la música del ciclo de la vida.

   Lectura de los poemas:
Hombre de lluvia (p.28), Espantapájaros (p. 33), Postigos (p. 37), Música de nieve (p. 70).

   Los conciertos del frío son la mudanza, el cambio, en ellos tiene el fuego su impronta purificadora, nos devuelve a la tierra en forma de ceniza que hará resurgir al hombre nuevo, a la mujer nueva, esos que se desprenden de todo lo que los aleja de su esencia: de los triunfos baldíos, de la ambición desmesurada, de los fuegos fatuos.
   En Los conciertos del frío se nos advierte de la necesidad de meditar, tomar conciencia de que somos como el suelo que pisamos. Por eso debemos aprender en la escuela de la naturaleza, donde no podemos fabricar un ciclo de la vida a nuestro antojo, sin el concurso del frío, la escarcha, el viento y la lluvia que remueve nuestro acomodo.
   En ellos la poesía se hace raíz, se nutre de la idea de cambio, pues es el solsticio de invierno el que marca el fin y el inicio, la muerte y el renacimiento, el regreso del alma al mundo espiritual.

Lectura de los Poemas: Cal viva (p. 67), Pipas de calabaza (p. 32)  y La mentira del Karma (p.41).



Carmen Hernández Montalbán

Guadix, 19 de junio de 2017





De rescates y naufragios Por ANA MORILLA PALACIOS.

De rescates y naufragios Por ANA MORILLA PALACIOS


“Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores, hasta la última”… Luis Rosales


   Dori Hernández Montalbán bien podría ser como el “náufrago metódico” del poema de Luis Rosales, o como el conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, autor del curioso librito Naufragios. Pero si ellos contaban la historia de un fracaso, el fracaso personal en el caso de Rosales, o el fracaso de una expedición al Nuevo Mundo en el caso de Cabeza de Vaca, Dori Hernández refleja en su poemario Los sueños del náufrago el fracaso de toda una especie, la humana.
  Los sueños del náufrago -dividido en tres bloques: “Cartografía”, “Cuatro Lunas de Sangre o poemas sobre los que el pájaro se posa” y “Náufragos”- supone un grito liberador para su autora, que ha trazado el mapa de su propio yo, pero ante todo Los sueños del náufrago supone una retórica del agua.

Mar de agua, mar sideral…
Y nosotros dentro,
inmersos sin saberlo.
hombres,
mujeres,
criaturas,
como las olas;
pasando sin quererlo,
danzando suspendidas
mar adentro.
Ellas, como nosotros,
no saben que van mecidas.
Ésta es la única verdad:
el corazón latiendo
sin que nadie sepa bien cómo
en ésta nave de silencio que es el cuerpo.

   “Cartografía”, la primera parte del poemario, se sustenta en una cosmogonía acuática. Al principio era el agua oscura, el mar amniótico donde nadaban los peces de lágrimas; el espacio que habitaban el ojo acuático, el alga azul y la sal… pero también los siniestros nadadores, las criaturas que danzaban suspendidas, pues todos estamos hechos de agua, dice Dori.
   Y nos recuerda que el universo comenzó con el caos, que da lugar a la materia, al tiempo, a las estrellas, a la luz, a la luna y al sol, a las nubes, a la tierra, a las montañas, a los bosques, a la arcilla…

Quedó un mundo denso de oscuridades
y de inmortales despojos,
sin embargo, por la infinitud de un horizonte nuevo,
aparecían las primeras nubes,
y se deshacían como pavesas
sobre las calcinadas montañas.
No hubo allí quien preguntara por el nombre de las cosas,
ni hubo lugar para lamentos, ni congojas,
porque todavía no existía nadie
que pudiera nombrarlas.

   Y después los primeros habitantes del océano y de la tierra. El ser humano, pero también los pájaros, las águilas, los cóndores y los albatros de resonancias baudelaireanas:

En ocasiones, me gustaría ser como el albatros,
esa extraña ave, que indolente,
sigue surcando los vientos furiosos,
planeando sobre el mar a pesar de los insondables abismos,
y resistir, como él, la embestida de la tormenta,
para poder volar al fin victoriosa sobre la blanca espuma.

   “Cartografía” es el ser humano en sí mismo, vencido en soledad, que regresa al cosmos.

Nadie vendrá por esta ignorada ruta,
nadie me salvará del naufragio;
ni tan siquiera él,
el arcángel que habita
en lo más recóndito del sueño de los hombres.
Pues nadie hay en este lugar, nadie,
no hay aquí ni hermanos, ni amores, ni hijos...,
nadie en este rincón en donde el hombre se medita

   “Cuatro lunas de sangre”, la segunda parte, presenta al mundo desde la única certeza que tenemos, la noche; desde el dolor, desde el alma animal y desde la fiera que fue el ser humano en la era glacial. Porque el tirano no tiene nombre, dice Dori, renace en todo tiempo y lugar.

El corazón no puede
con la noche del mundo,
ni con el miedo de alquitrán;
no puede con el frío
de los cuerpos convulsos
por la intemperie del mar,
ni con el insondable misterio
en los ojos de los niños abandonados.

   Y así, Dori, mendiga un rayo de esperanza para los niños de la calle y los niños esclavos, para el nómada y el apátrida; los “Poemas sobre los que el pájaro se posa” son un grito que pide el fin del hambre en África, de los pozos secos, de la violencia y de la tiranía, de los esclavos sexuales, de los espaldas mojadas, de las fronteras y de los vertederos. Donde el poeta es siempre un suicida que contempla el mar desde el acantilado más alto.
   Finalmente, “Náufragos”, el bloque que cierra el libro, nos revela que todo es naufragio.

Hay cuerpos que al contemplarlos nos asaltan,
pues son tempestad carnívora
procedente de un remoto naufragio,
es como si sobre la piel desnuda,
se hubieran grabado ya todos los nombres.

   De este modo, nos dice Dori que la única verdad es la agonía de vivir, que la farsa de las patrias es naufragio, que tú mismo eres naufragio, avaro contador de tiempo, eres un náufrago de tus deseos. Todos nosotros somos náufragos, pero también nuestros cuerpos son náufragos, y la mujer, hija de Lilith, vientre del mundo, es náufraga.

Y una vez más, la rebelión de Lilith
que grita al fin: yo soy el edén,
hembra de sal, ninfa del eco,
agua del diluvio, exilio del hombre.


   En definitiva, desde la gran eclosión, en el mundo solo quedan náufragos.

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