EL SAPIENS

TRANKI TRONKO SAPIENS no servía para nada. Podía pasarse las horas
sentado en cuclillas aspirando sus propios pedos, o espantándose las moscas, con la
mirada perdida en “vaya usted a saber qué cosa”. Salir a cazar le espantaba, y a pescar
ya no te cuento, desde el día en que se clavó la lanza en su propio pié, al que había
confundido con una trucha. La recolección tampoco era su fuerte, pues se perdía del
grupo de las mujeres. En varias ocasiones habían tenido que retroceder kilómetros en su
búsqueda y lo encontraban dormido debajo de un matorral, o componiendo dibujitos
con las semillas. Entonces la emprendían a mamporrazos con él, pero Tranki Tronko no
despabilaba. Probaron a ocuparlo en la elaboración de herramientas, mas se entretenía
en chiscar continuamente de los pedernales. De no ser porque el fuego ya se había
inventado, Tranki Tronko Sapiens hubiera sido el pionero en esta ciencia. Si ayudaba a
coser las pieles, se pinchaba con la aguja de hueso. Al ver la sangre brotar, se acordaba
del accidente de la lanza en el pié, cayendo desmayado por el trauma.
Por todo esto se había ganado el título de perfecto inútil por parte del clan,
convertido en el hazmerreír de todos, hombres, mujeres, ancianos y niños que, cansados
de fracasar con él, un día le dijeron: ¡Hale Tranki Tronko, quédate ahí en la cueva!. Ni
media palabra más, se quedó allí, porque si algo sabía hacer era ser obediente cuando le
convenía.
Dedicó el día en explorar la cueva, que era bastante grande. Aquella oquedad
dentada de estalactitas y estalagmitas, se hacía más oscura conforme se alejaba del
fuego del hogar. Esta imagen debió traerle a la memoria algo a lo que se parecía mucho;
con gesto reflejo abrió la boca y se palpó los dientes. Absorto en los volúmenes y
formas de la caverna, sintió que el mundo exterior se volcaba en ella, asociándolos con
una imagen aprendida, de animal, planta, persona o cosa. Tranki-Tronko quedó muy
impresionado por estas observaciones. Se tapaba los ojos con las dos manos, pensando
que así, los fantasmas producto de tales asociaciones desaparecerían, pero en cuanto los
abría, volvían a aparecer multiplicados.
Así pasó la jornada, rascándose la cabeza y andando de un lado para otro, hasta
que los demás miembros del clan regresaron, hallándolo como siempre, según ellos,
pensando en las musarañas. La caza había sido abundante, así como la recolección, pues
el buen tiempo les había acompañado: un bisonte, dos cabras, un ciervo, siete conejos,
montones de bayas, trufas y tubérculos se amontonaban. Mientras dos ancianas
desollaban los conejos para preparar la cena, tres hombres tomaron los cuchillos para
despojar a las piezas de sus pieles, pero viendo a Tranki-Tronko ocioso le instaron
enseguida a realizar la tarea: ¡eh, tú, gandul, gánate la cena!; así que algo remolón se
puso manos a la obra.
Bien entrada la noche todo el mundo dormía. Él estaba a punto de finalizar su
trabajo, cuando los ojos del ciervo al que retiraba la piel llamaron su atención. Los
observó concienzudamente, concentrado en su forma almendrada, su vidrioso brillo, el
negro intenso de sus pupilas..., enseguida recordó las visiones vividas en la cueva y las
invocó de nuevo mirando alrededor. La luz era pobre, así que avivó el fuego. Si, allí
estaban de nuevo a poco que se esforzaba, el ciervo, el cazador, el bisonte, el río...
Esta vez deseó que se quedaran y con las manos manchadas de sangre de los
animales muertos, dibujó sus contornos en las paredes de la cueva. Satisfecho con el
resultado, quiso continuar, pero vio que la tintura roja de la sangre se terminaba;
enseguida recordó el día en que se clavó la aguja, en la propia sangre que le brotaba del
dedo, pero esta idea le puso la piel de gallina, así es que buscó como loco con qué
sustituirla: ¡la fruta!, ¡eso es!, pensó. Mas tarde también hizo uso de la ceniza, las yemas de los huevos o las hierbas. Se dio un festín de colores dejando el suelo de la cueva
hecho un estercolero, pero lo había conseguido. Allí estaban sus visiones intactas, como
recién nacidas.
De madrugada, fue una hembra sapiens la primera en despertar, encontrando a
Tranki-Tronko con las manos en la masa, en este caso, con los dedos sobre las paredes
de la caverna, después miró a su alrededor, y al reparar en los frescos, se incorporó casi
de un salto gritando como una posesa. El artista dio un respingo, y el resto del clan
despertó dando traspiés y armándose con las hachas y lanzas en actitud defensiva. Mas
nada ocurrió, pues aquellos seres, en apariencia animados, no aligeraban las patas, ni
abrían la boca para decir: “esta... es mía”. Quienes sí la abrieron fueron los sapiens, al
observar que los espantajos o fantasmas tan magistralmente plasmados salían de los
dedos del infeliz, inútil, simple y gandulazo Tranki-Tronko Sapiens.

De la obra "Homo cavernarius" de Carmen Hernández Montalbán

LOS CUATRO ELEMENTOS

Caminó durante todo el día sin descanso ni rumbo. Primero un páramo reseco y polvoriento. Imprimió sus huellas sobre una línea horizontal e invisible. No sabía hacia dónde se dirigía, llegar no era su meta. No le inquietaba el tiempo ni la lejanía, no se preguntaba nada. Devoraba con la mirada amarillos cercanos, marrones profundos y ocres. Sabiéndose firme bajo sus pies. Poco a poco fue naciendo en su consciencia el concepto de camino. Volvió sobre sus pasos buscando la línea marcada por sus pisadas, contaba los trechos, aprendió a contar. Pero las huellas habían sido borradas por el viento.
Se sintió perdido, miró hacia arriba, percibió el vacío intangible.  Se movió entonces; esta vez su propósito no era caminar sino alzarse, sostenerse en la incertidumbre de la nada. Sus extremidades perdieron peso, se extendieron, se ejercitó en el vuelo. Finalmente se elevó y planeó sintiendo la caricia de las alas, vio el suelo reducirse por debajo. Escuchó la sonata de la brisa, olvidó el silencio. Descubrió los rincones donde habitaba el sonido.
Entonces percibió una luz a lo lejos, un haz de luz cegadora descendiendo de unas formas grises y blancas. Después vino el estruendo, un estruendo ensordecedor. Lo alcanzó el rayo, durante milésimas de segundo sintió la quemazón insoportable y experimentó un dolor intenso. Sintió reducirse su ser a una partícula, apenas un punto luminoso que acabó por unirse a la llama.
Se trasformó en ceniza, fue golpeado por el torrente de lluvia hacia el suelo, disuelto en la corriente fría que lo abrazaba. Corrió veloz por infinidad de surcos, penetrando en las rocas o desapareciendo. Supo de la oscuridad y de la luz, de lo minúsculo y de lo inmenso, de lo tangente y de lo incorpóreo, de lo vacío y de lo lleno.
Fue, esa era su certeza, ser, incógnita constante para la humanidad, para quien entender su origen es la eterna quimera.

Texto: Carmen Hernández Montalbán
Ilustración: Elena Hernández Torres

CARONTE

TRISTE destino el de Caronte¿Cómo ha de ser eso de conducir las almas en su último viaje? Triste, negro y triste el destino de Caronte. Él testigo de las intrigas, de los odios, de la sed de venganza, testigo del arrepentimiento, de la horrible confesión, de la última danza: la danza de los muertos. Caronte vagará eternamente por las riberas de la Estigia, porque no sabe a dónde va, no conoce, no teme, porque no ve. No sabe, ni sabrá nunca hacia dónde se dirigen esas almas que transporta. ¿Es éste su castigo? ¿O ésta su elección? Ha de ser su castigo, pues triste elección ha de ser navegar a merced de lo imprevisible.
Caonte no habla, Caronte no ve, rema. Rema, ama el silencio y escucha. Escucha las voces de aquellos que han de pasar a la otra orilla. Escucha que la felicidad no es más que un instante de placer antes de la muerte. Y la muerte, un impreciso recuerdo de lo que llamamos vida antes del fin. En su barca ha de transportar lo mismo a reyes que siervos, héroes, ángeles o demonios.
Dicen que en la otra orilla, la luna gigantesca parece un sol imantado de rojo sobre el horizonte. Y que por esta señal, intuyen los condenados que se encuentran a las puertas del infierno. Allí la barca, repleta de muertos,se detiene.
Es la nave de Caronte que no podrá jamás remontar la corriente.
Triste destino el del barquero, que sonámbulo y entre amargas sombras ha de seguir navegando por toda la eternidad.
(De Cuaderno de los Icebergs. 2009)
Dora Hernández Montalbán

UN DÍA TURBIO


Cuatro cosas has de procurar: salud, saber, templanza y paz.
Refrán
Aquella mañana salí a la calle como todos los domingos a dar un paseo a través del Hyde Park. La visibilidad era escasa, pero lo achaqué a la niebla que la mayoría de los días de invierno es una constante para los londinenses, sin embargo, el ambiente no estaba húmedo, aquello se parecía más a una calina africana. No le di importancia al principio, no me dejo desanimar fácilmente, y menos cuando se trata de mi paseo matutino. Me extrañó muchísimo no encontrar a casi nadie paseando por allí, miré la agenda de mi reloj por si me había equivocado y comprobé que era domingo. Los domingos el Hyde Park es muy transitado.  Me alarmé un poco al observar que mi suéter blanco se estaba ensuciando por pequeñas partículas de polvo. Me pregunté qué fenómeno inusual habría contaminado el aire de esa manera. Pensé en un incendio y me dirigí a un kiosco cercano para comprar un periódico, por si recogía alguna noticia al respecto, pero el kiosco estaba cerrado. Cada vez más extrañado continué caminando unas cuantas yardas adelante sin toparme con nadie. Finalmente veo a uno de los Speakers’ Corner y corrí hacia él animado de encontrar un alma aquella mañana. Permanecía inmóvil sobre una de las piedras cercanas al lago y llevaba colgada al cuello una pancarta sobre la que podía leerse: “It´s getting worse…(Su situación está empeorando)”.
-¡Buenos días amigo! ¿Tiene usted idea de por qué el aire aparece tan enturbiado esta mañana?
Pero aquel hombre permaneció quieto y mudo ante mi pregunta, tanto que me sentí bastante molesto debido a su falta de gentileza, pero quizá su comportamiento formaba parte de la puesta en escena, así que continué mi paseo apresurando el paso, a causa de mi nerviosismo repentino. Después de andar un buen rato más comencé a sentirme bastante fatigado, la respiración se hacía cada vez más difícil y sufrí un ataque de tos del que tardé un rato en recuperarme. Decidí entonces emprender mi vuelta a casa antes de lo habitual.
Al pasar cerca del lago, donde antes estuviera el primer Speaker ahora había una mujer con un impermeable amarillo que al igual que mi suéter tenía adherida una espesa capa de polvo, llevaba una mascarilla puesta y un cartel sobre el cuello que anunciaba: “Your situation is critical (Su situación es crítica)”.
-¡Maldita sea! –me dije- ¿No hay nadie que tenga esta mañana un mensaje de aliento?
        - ¿Oiga, sería tan amable de decirme qué está pasando? –le pregunté- ¿ha habido algún incendio por la zona?
        La señora, al igual que el anterior no respondió. Sentí deseos de gritarle, de tomarla de los hombros y zarandearla hasta obtener una respuesta, pero me contuve apelando a la cordura que por momentos amenazaba con abandonarme. El miedo me sorprendió cuando sentí mis piernas aflojarse a cada paso. Casi al salir del parque, sobre un cajón de madera había un hombre bastante mayor sentado, llevaba una mascarilla puesta y la botella de oxígeno a su lado, en su cartel decía: “health is not something to play health is very important, you must know it” (con la salud no se juega, apréndetelo)”.
 Fue ahí donde comencé a perder la visión del todo, y debí caer al suelo desmayado. Al despertar me vi en una cama de hospital, mi esposa hablaba con el doctor.
-    Lo encontré en el baño tirado, cerca de la mano, en el suelo, había un cigarrillo encendido. Al parecer se escondía para fumar ¿Es grave doctor?

-    Enfisema pulmonar- dictaminó el médico sin pestañear.

ACCIDENTE DE AVIÓN EN GUADIX EN 1922

La realidad de las tres tumbas extranjeras de Guadix
Hace un par de semanas se presentaba en el patio central del Excmo. Ayuntamiento de Guadix el texto dramático “Tres tumbas Extranjeras”, del dramaturgo accitano Manuel de Pinedo. El tema de inspiración de la obra era, como bien lo expresa el título: Las tumbas de tres extranjeros, concretamente tres franceses que fallecieron en el siniestro accidente de avión acaecido el 26 de julio de 1922 en las cercanías de Guadix, sus nombres eran: Charles Courson de la Villeneuve, Gaton Mechín y Albert Schebat, así lo señalaban las lápidas. El autor ha fabulado sobre la posible visita de los familiares al cementerio de Guadix, donde en efecto se les dio sepultura, por tanto ninguno de los personajes que aparecen en la obra existieron realmente, así lo afirmaba Pinedo. El tema me pareció tan sugerente que decidí emprender la búsqueda de información sobre estas tres personas, para tratar de este modo de desvelar en lo posible su verdadera identidad.
Les voy a contar lo que he averiguado de ellos:
Charles de Courson de la Villeneuve aparece en un árbol genealógico, nació en París el 20 de septiembre de 1890 por lo tanto tenía 32 años en el momento en que falleció. Era hijo de Paul Aurélien Charles Marie de Courson de La Villeneuve y de Juliette Renée Caroline Marie du Châtel. Se casó con Cecile Blanche Guénard de la que tuvo un hijo: Georges de Courson de La Villeneuve y un nieto: Olivier de Courson de La Villeneuve.
Charles de Courson era administrador civil en Marruecos en el período del Protectorado francés. Viajaba a París para encontrarse allí con el mariscal Lyautey.
El segundo de a bordo era Gastón Mechín, el piloto. De él se he podido encontrar más datos debido a una petición de información por parte de su nieto J. Gouédard en un foro de internet, alguien llamado David Mechín, aficionado a la historia de la aviación, le envía un informe detallado de sus investigaciones. Nació en Saint Jean le Blanc, una población del departamento de Loiret, en el distrito francés de Orléans, un 5 de diciembre de 1888, tenía 34 años en el momento de su muerte.
Fue nombrado cabo brigadier el 13 de octubre de 1910. Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en las Fuerzas aéreas y fue nombrado sargento el 1 de enero de 1918. Fue herido por un cabo y terminó la guerra con una cita. Después de la guerra, como muchos pilotos, trata de seguir volando y se une a la Compañía Latécoère en 1921, un año antes del accidente. Según su nieto, que posee un diario de su puño y letra, era “un piloto algo terrible”.
Finalmente, del que menos información tenemos es de Albert Schebat Se sabe por la lápida que nació en Alger, capital de Argelia, en 1897, y así consta en la genealogía en la que aparece, que dice que debió ser un 4 de septiembre en Mustapha
(Argel). Hijo de Moise Schebat y de Rachel Darmon, se casó con Suzanne Antoinette Reige y no tuvo descendencia según la genealogía. Por los nombres de sus parientes debió pertenecer a una familia judía. Según consta en las partidas de fallecimiento del Registro Civil de Guadix, era redactor en el periódico "Le Vigie Marocaine".
Del accidente he encontrado algunas citas y noticias en distintos diarios de la época, dos españoles: ABC y La correspondencia de Española. Y un periódico francés: L’Express du Midi. La noticia de los periódicos españoles vienen a decir lo mismo, trascribo la noticia de La Correspondencia de España (Miercoles, 26 de julio de 1922):
“GRAVE ACCIDENTE DE AVIÓN. El piloto y dos pasajeros carbonizados. Un telegrama del pueblo de Guadix, da cuenta de haber ocurrido allí un gravísimo accidente de aviación. A unos siete kilómetros del pueblo y a 200 metros escasos de de la carretera de Granada a Murcia, o sea, sobre el sitio denominado Llanos de Gros, hizo explosión el motor del aeroplano correo de Toulouse a Casablanca, cayendo el avión incendiado a tierra. El piloto y dos pasajeros que conducía, perecieron completamente carbonizados. De tal manera estaban sus cuerpos, que no fue posible identificarlos. En una explanada inmediata al sitio donde cayó el aparato fue encontrada una tarjeta a nombre de Carlos Corsin, piloto aviador; pero se ha comprobado que no pertenece a ninguno de los que viajaban en el aparato estrellado. Se ha verificado en Guadix el entierro de las tres víctimas, asistiendo las autoridades, que presidieron el acto y un gentío inmenso”.
La noticia del ABC no difiere mucho de la anterior.
La traducción de la noticia de L’Expresión de Midi (29 de julio de 1922) es esta:
“Se celebran funerales en Granada del piloto Gaston Midrin y del Teniente de Caballería francés Sr. Villeneuve y Mr. Schoelard víctimas de un accidente de avión, de Toulouse a Casablanca cerca de Guadix.”
Otra reseña periodística que aparece en un blog francés en internet dice lo siguiente:
“El señor de Courson Villeneuve murió en el accidente de una limusina Latécoère Líneas Breguet - probablemente un Breguet 14T - cerca de Guadix, en España. El administrador civil debía encontrarse con el mariscal Lyautey, que estaba entonces en París. El avión fue pilotado por Méchin. Un tercer pasajero murió en el accidente”.
Estas noticias, más o menos distorsionadas del suceso, si tenemos en cuenta los escasos medios con los que se contaban por entonces, van añadiendo información de lo ocurrido y de las personas que protagonizaron aquel desgraciado accidente. Gente que tuvo cierta relevancia en el panorama político de la historia de Francia y Marruecos de principios del S. XX., cuando la aviación aun estaba en pañales. La casualidad quiso que Guadix fuera el lugar donde tuvieran su descanso final.




Carmen Hernández Montalbán

GENEALOGÍA