El eterno argonauta transparente, incorpóreo, pasó guillotinando las hojas, desnudando los árboles. Pasó silente sobre las podridas hojas, invisible, enigmático, como un fantasma. Cubrió paredes de moho y dejó caer la nieve en las ramas hasta calcinarlas. Lejos, muy lejos, en el mar océano tal vez se corroen de su herrumbre y humedades los buques. Ya en tierra firme, crepitan los huesos amputados de los árboles tras su lento ritual de llamas anaranjadas y azules. Es tiempo de incertidumbre y de miedo. Es él, no hay duda, llega el invisible, el eterno argonauta buscando entre la nieve copos de estructuras perfectas, porque sabe que bajo ellas, duerme la estrella de cristal, la joya del cosmos. Y ha de encontrarla antes de que la cubran las nieves perpetuas, porque únicamente aquel que la descubra podrá conocer el secreto geométrico del universo.
Dora Hernández Montalbán (de "Cuaderno de los icebergs")
Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo. John Ernst Steinbeck (1902-1968) Escritor estadounidense. Galardonado con el Premio Nobel
San Valentín mon amour
Dedico este relato a mi amigo Pedro Pastor Sánchez qué me animó escribirlo.
Elvira, nada más levantarse, se acomoda la bata a sus nuevas proporciones, y se da cuenta con pánico que el cinturón cada día le queda más corto, mira a su alrededor, reconociendo el desorden que le rodea, puro reflejo de su malestar. Y es que la CRISIS asciende y se extiende. Tropieza con la pierna de Paco, que últimamente duerme con calcetines, ya que han tenido que sustituir la calefacción por dos mantas adicionales, y él siempre ha sido muy friolero. Lo escucha roncar con espanto; el extremo de su descuidado bigote se agita con cada resoplido y la pierna le tiembla como si repentinamente lo atravesara una corriente eléctrica. De nuevo la asalta ese sentimiento de rabia hacia Paco, al que hace casi dos meses que no soporta, desde el día en que la condujo casi a rastras hasta aquel lugar para vender sus joyas, último testimonio de sus días de gloria. Y es que como bien dice el refrán: cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana.
¡El amor! Hoy es día de San Valentín, casi se ruboriza al pensarlo. La fecha señalada en el calendario con una cruz de rotulador rojo, para que Paco la distinga, aun así para él los días señalados pasan totalmente desapercibidos, pero a Elvira le gusta marcarlos en el calendario, como denuncia a su falta de atenciones.
Se ducha, se viste con desgana el uniforme del supermercado, desayuna apresuradamente y sale. Todos los años por San Valentín Elvira se levanta con la esperanza renovada, presintiendo que a la vuelta siempre la espera una sorpresa: un escandaloso ramo de orquídeas o un collar de perlas cultivadas…, pero Paco hace años que ha abandonado la buena costumbre de agasajarla con un detallito siquiera. Entonces echa mano a la imaginación y piensa en un admirador anónimo, que algún día la rescatará de las estrecheces que en los últimos tiempos la mortifican.
Lo primero que se encuentra al entrar en el supermercado donde trabaja de cajera, es un montón de pack de regalo Especial San Valentín. Vanessa, la reponedora, está colocándolos en la sección de perfumería. Una coqueta cestita que contiene un bote de colonia, una leche hidratante corporal y en medio de los dos frascos, un osito de peluche abrazando un corazón en el que puede leerse: I LOVE YOU. Todo por el módico precio de diez euros.
- Buenos días Elvira ¿A que son monos? –le pregunta Vanessa visiblemente entusiasmada.
- Buenos días Vanessa ¡moníssssimos! – responde alargando la “s” con un gesto de repugnancia.
“Como se le ocurra a Paco regalármelo, no tendré más remedio que apuñalarlo…” – piensa-. Antes de que Vanesa pudiera acercarse para mostrárselo de cerca, Elvira se pierde entre las estanterías y se dirige a las taquillas de los empleados para dejar allí su abrigo y su bolso, modelo Versace de hace dos temporadas. Después va directamente a la caja para atender a los clientes, que sin perder el tiempo comienzan a entrar. Desde que trabaja en el supermercado, no falta un solo día en el que Elvira no se flagele recordando tiempos mejores. Cinco años estudiando, dos de masters, otros tantos trabajando en el Departamento, para terminar aquí… ¿cómo he podido llegar a esto? – se pregunta mientras pasa una y otra vez un paquete de papel higiénico por el lector de códigos de barras, para finalmente tener que introducir la serie interminable de números a mano. Uno de los pack especial San Valentín se desliza por la cinta trasportadora, junto a un paquete de preservativos. Un joven perforado por los piercing deja caer un billete de veinte euros con desgana. Elvira le ofrece una bolsa y el chico se apresura en meter la compra, especialmente los preservativos. Mirar el pack de nuevo le hace pensar en Paco. Su memoria asociativa la conduce otra vez al enigma; ¿Cómo he podido llegar hasta aquí?
Llega a casa casi a las cuatro de la tarde agotada, no hay nadie, como de costumbre Paco habría salido a buscar a los niños al colegio, aprovecha estos minutos de soledad para relajarse, se quita los zapatos y se tiende cual larga es en el sofá. Al entornar los ojos, como siempre comienza a ver la cinta trasportadora llena de productos, una imagen que desde hace meses tiene impresa en la retina, los abre entonces y su mirada va a parar al calendario, donde el aspa roja sigue allí marcando el día 14. Recorre con la vista la habitación sin demasiada esperanza, por si a Paco se le hubiera ocurrido mirar el calendario, incluso se levanta para buscar en el dormitorio, pero nada, ni rastro de flor o paquetito. Se sobresalta al oír el timbre de la puerta, no espera ninguna visita a esa hora, a no ser que a su marido hubiera olvidado las llaves. Abre; es el chico de la floristería con un destartalado ramo de flores.
- ¿Es la casa de Doña Elvira González?
- Sí aquí es –responde ella desconcertada.
Elvira se queda sin habla cuando el chico se lo entrega y antes de marcharse le dice:
- Les acompaño en el sentimiento.
- Gracias – responde ruborizada –“Estos jóvenes atolondrados…, confunden ya las felicitaciones con los pésames” –piensa.
Se queda de piedra mirando el enorme ramo envuelto en plástico transparente. Lirios morados, rosas, crisantemos… ¡Pero qué mal gusto tiene Paco! Busca la tarjetita nerviosa pero sólo encuentra una con la publicidad de la floristería y una banda que dice: ¡SU ESPOSO E HIJOS NO LA OLVIDAN…! – Un escalofrío la recorre, siente como el vello se le eriza de los pies a la cabeza. Por unos segundos se siente la protagonista de una thriller. “Ha debido ser un error-piensa- Paco siempre ha tenido talento para el humor negro, pero no creo que se haya atrevido a llegar tan lejos…”. Entra al cuarto de baño y llena un cubo de agua para meter el ramo provisionalmente.
Paco y los niños entran por la puerta y encuentran a Elvira sentada escuchando la radio, comiéndose un trozo de lasaña que previamente ha calentado en el microondas y que al hincarle el diente se da cuenta de que aun está fría.
Los niños se acercan a ella y le dan un beso. Alberto, el menor, lleva la mano escondida tras la espalda, le entrega un corazón de papel que ha hecho en el colegio y le dice:
- ¡Feliz día de los enamorados!
- ¡Gracias mi amor! –responde Elvira, después mira a Paco y se sonroja.
Paco le dirige una sonrisa, que más parece una mueca y entra en el cuarto de baño, para salir casi al momento con cara de póquer ¿qué hacia aquel ramo de flores allí? ¿Quién lo habría traído? Elvira no necesitó más señales para darse cuenta de la sorpresa de su marido, él no lo había enviado, entonces no había duda, tenía que haber un error.
- ¿Quién ha traído eso? –preguntó señalando en dirección al baño.
- Eso mismo me pregunto yo –respondió en todo acusador, por si las moscas…
- Supongo que no habrá venido volando ¿Lo trajo alguien no?
- Claro, el chico de la floristería, lo que me pregunto precisamente es ¿quién habrá sido el gracioso al que se le ha ocurrido una broma de tan mal gusto?
- A mí no me mires Elvira –dijo con una risilla nerviosa- ¿conoces a alguien…? quiero decir…, hay otra persona…?
- Pues claro que no ¿qué insinúas?
- Yo nada…
- ¡Aún no estoy muerta!- contestó indignada.
- Que no estás muerta es bien notorio ¿Qué tiene eso que ver con el ramo?
Al parecer Paco no se había percatado de la esquela de la cinta. Elvira entró en el cuarto de baño y sacó el cubo con el ramo dentro.
- Este ramo es para un difunto –dijo mostrándole el lazo.
- ¿Entonces por qué lo ha dejado aquí? -Preguntó Paco con cara de pasmo.
El murmullo de la música en la radio fue bajando de volumen para dar paso al tañir de unas campanas. La locutora trasmitía las noticias necrológicas: “La Señora Elvira González de Ledesma falleció esta pasada noche los 89 años de Edad. La misa de funeral tendrá lugar en la Parroquia de Santa Eulalia a las 5 de la tarde. Descanse en paz”. Elvira y Paco se miraron incrédulos, el enigma se había resuelto de un modo tan inverosímil como se había producido. Elvira se puso el abrigo, el bolso, sacó el ramo del cubo, secó el agua con papel absorbente y se dispuso a salir.
- ¿Dónde vas? –preguntó Paco.
- A la Parroquia de Santa Eulalia, quédate con los niños.
Eran las cinco y diez de la tarde, con un poco de suerte llegaría a tiempo para devolver el ramo a su verdadera destinataria. Cuando llegó a la iglesia, casi había finalizado el funeral. Elvira preguntó a una señora por la familia de la difunta que en ese momento recibían el pésame de la gente que se acercaba para dar el último adiós a la otra Elvira.
- Aquel anciano que ve usted allí delgadito, es el Señor Valentín, el viudo, los que están junto a él son los hijos y las nueras. Figúrese usted el pobre, precisamente hoy que era el día de su Santo…
Elvira se puso en la fila con la demás gente, hasta aproximarse a donde estaba la familia, después de manifestar sus condolencias, explicó como pudo lo ocurrido y entregó a Don Valentín el ramo, que tras pasarlo a uno de sus hijos sostuvo las manos de Elvira y le agradeció su atención.
Al llegar a casa, sobre la mesa de recibidor, encontró una rosa roja sobre un paquete envuelto en papel de regalo, cuajado de corazones rojos. Lo abrió con el alma en un puño presintiendo sin remedio el contenido. La sonrisa de un osito de peluche la saludó con sarcasmo detrás del papel, pero Elvira estaba tan cansada, que decidió posponer para otro día el asesinato de su marido.
Carmen Hernández Montalbán
Carmen Hernández Montalbán
Presentación de la novela "La trastienda del Anticuario"
La escritora Carmen Fernández del Barrio, a la que yo llamaría la "Jane Austen accitana" presenta una nueva novela: "La trastienda del Anticuario". Será el día 3 de Marzo a las 18.00 en la Sala de Audiovisuales del complejo museístico Trópolis. Avenida José Fuentes s/n Alcudia de Guadix (Granada).
Sinopsis: ¿Qué harías si el Destino pusiese en tu mano el poder de hacer justicia? Cato lo aceptó y así se vio envuelto en sucesos que nunca hubiese imaginado. ¿Qué daríamos cualquiera de nosotros por terminar nuestra existencia en paz y con la conciencia tranquila? A Cato el Destino le tenía reservada una sorpresa que le sirvió para poner en orden algunas injusticias que sobrevolaban Guadix. Carmen Fernández nos invita a adentrarnos en unos pasajes que van más allá del mero entretenimiento. Con una prosa muy cuidada, nos narra los caprichos que el Destino nos tiene guardados.
Esperamos con entusiasmo este día Carmen, ¡muchísima suerte!
Sinopsis: ¿Qué harías si el Destino pusiese en tu mano el poder de hacer justicia? Cato lo aceptó y así se vio envuelto en sucesos que nunca hubiese imaginado. ¿Qué daríamos cualquiera de nosotros por terminar nuestra existencia en paz y con la conciencia tranquila? A Cato el Destino le tenía reservada una sorpresa que le sirvió para poner en orden algunas injusticias que sobrevolaban Guadix. Carmen Fernández nos invita a adentrarnos en unos pasajes que van más allá del mero entretenimiento. Con una prosa muy cuidada, nos narra los caprichos que el Destino nos tiene guardados.
Esperamos con entusiasmo este día Carmen, ¡muchísima suerte!
EL SAPIENS
TRANKI TRONKO SAPIENS no servía para nada. Podía pasarse las horas
sentado en cuclillas aspirando sus propios pedos, o espantándose las moscas, con la
mirada perdida en “vaya usted a saber qué cosa”. Salir a cazar le espantaba, y a pescar
ya no te cuento, desde el día en que se clavó la lanza en su propio pié, al que había
confundido con una trucha. La recolección tampoco era su fuerte, pues se perdía del
grupo de las mujeres. En varias ocasiones habían tenido que retroceder kilómetros en su
búsqueda y lo encontraban dormido debajo de un matorral, o componiendo dibujitos
con las semillas. Entonces la emprendían a mamporrazos con él, pero Tranki Tronko no
despabilaba. Probaron a ocuparlo en la elaboración de herramientas, mas se entretenía
en chiscar continuamente de los pedernales. De no ser porque el fuego ya se había
inventado, Tranki Tronko Sapiens hubiera sido el pionero en esta ciencia. Si ayudaba a
coser las pieles, se pinchaba con la aguja de hueso. Al ver la sangre brotar, se acordaba
del accidente de la lanza en el pié, cayendo desmayado por el trauma.
Por todo esto se había ganado el título de perfecto inútil por parte del clan,
convertido en el hazmerreír de todos, hombres, mujeres, ancianos y niños que, cansados
de fracasar con él, un día le dijeron: ¡Hale Tranki Tronko, quédate ahí en la cueva!. Ni
media palabra más, se quedó allí, porque si algo sabía hacer era ser obediente cuando le
convenía.
Dedicó el día en explorar la cueva, que era bastante grande. Aquella oquedad
dentada de estalactitas y estalagmitas, se hacía más oscura conforme se alejaba del
fuego del hogar. Esta imagen debió traerle a la memoria algo a lo que se parecía mucho;
con gesto reflejo abrió la boca y se palpó los dientes. Absorto en los volúmenes y
formas de la caverna, sintió que el mundo exterior se volcaba en ella, asociándolos con
una imagen aprendida, de animal, planta, persona o cosa. Tranki-Tronko quedó muy
impresionado por estas observaciones. Se tapaba los ojos con las dos manos, pensando
que así, los fantasmas producto de tales asociaciones desaparecerían, pero en cuanto los
abría, volvían a aparecer multiplicados.
Así pasó la jornada, rascándose la cabeza y andando de un lado para otro, hasta
que los demás miembros del clan regresaron, hallándolo como siempre, según ellos,
pensando en las musarañas. La caza había sido abundante, así como la recolección, pues
el buen tiempo les había acompañado: un bisonte, dos cabras, un ciervo, siete conejos,
montones de bayas, trufas y tubérculos se amontonaban. Mientras dos ancianas
desollaban los conejos para preparar la cena, tres hombres tomaron los cuchillos para
despojar a las piezas de sus pieles, pero viendo a Tranki-Tronko ocioso le instaron
enseguida a realizar la tarea: ¡eh, tú, gandul, gánate la cena!; así que algo remolón se
puso manos a la obra.
Bien entrada la noche todo el mundo dormía. Él estaba a punto de finalizar su
trabajo, cuando los ojos del ciervo al que retiraba la piel llamaron su atención. Los
observó concienzudamente, concentrado en su forma almendrada, su vidrioso brillo, el
negro intenso de sus pupilas..., enseguida recordó las visiones vividas en la cueva y las
invocó de nuevo mirando alrededor. La luz era pobre, así que avivó el fuego. Si, allí
estaban de nuevo a poco que se esforzaba, el ciervo, el cazador, el bisonte, el río...
Esta vez deseó que se quedaran y con las manos manchadas de sangre de los
animales muertos, dibujó sus contornos en las paredes de la cueva. Satisfecho con el
resultado, quiso continuar, pero vio que la tintura roja de la sangre se terminaba;
enseguida recordó el día en que se clavó la aguja, en la propia sangre que le brotaba del
dedo, pero esta idea le puso la piel de gallina, así es que buscó como loco con qué
sustituirla: ¡la fruta!, ¡eso es!, pensó. Mas tarde también hizo uso de la ceniza, las yemas de los huevos o las hierbas. Se dio un festín de colores dejando el suelo de la cueva
hecho un estercolero, pero lo había conseguido. Allí estaban sus visiones intactas, como
recién nacidas.
De madrugada, fue una hembra sapiens la primera en despertar, encontrando a
Tranki-Tronko con las manos en la masa, en este caso, con los dedos sobre las paredes
de la caverna, después miró a su alrededor, y al reparar en los frescos, se incorporó casi
de un salto gritando como una posesa. El artista dio un respingo, y el resto del clan
despertó dando traspiés y armándose con las hachas y lanzas en actitud defensiva. Mas
nada ocurrió, pues aquellos seres, en apariencia animados, no aligeraban las patas, ni
abrían la boca para decir: “esta... es mía”. Quienes sí la abrieron fueron los sapiens, al
observar que los espantajos o fantasmas tan magistralmente plasmados salían de los
dedos del infeliz, inútil, simple y gandulazo Tranki-Tronko Sapiens.
De la obra "Homo cavernarius" de Carmen Hernández Montalbán
sentado en cuclillas aspirando sus propios pedos, o espantándose las moscas, con la
mirada perdida en “vaya usted a saber qué cosa”. Salir a cazar le espantaba, y a pescar
ya no te cuento, desde el día en que se clavó la lanza en su propio pié, al que había
confundido con una trucha. La recolección tampoco era su fuerte, pues se perdía del
grupo de las mujeres. En varias ocasiones habían tenido que retroceder kilómetros en su
búsqueda y lo encontraban dormido debajo de un matorral, o componiendo dibujitos
con las semillas. Entonces la emprendían a mamporrazos con él, pero Tranki Tronko no
despabilaba. Probaron a ocuparlo en la elaboración de herramientas, mas se entretenía
en chiscar continuamente de los pedernales. De no ser porque el fuego ya se había
inventado, Tranki Tronko Sapiens hubiera sido el pionero en esta ciencia. Si ayudaba a
coser las pieles, se pinchaba con la aguja de hueso. Al ver la sangre brotar, se acordaba
del accidente de la lanza en el pié, cayendo desmayado por el trauma.
Por todo esto se había ganado el título de perfecto inútil por parte del clan,
convertido en el hazmerreír de todos, hombres, mujeres, ancianos y niños que, cansados
de fracasar con él, un día le dijeron: ¡Hale Tranki Tronko, quédate ahí en la cueva!. Ni
media palabra más, se quedó allí, porque si algo sabía hacer era ser obediente cuando le
convenía.
Dedicó el día en explorar la cueva, que era bastante grande. Aquella oquedad
dentada de estalactitas y estalagmitas, se hacía más oscura conforme se alejaba del
fuego del hogar. Esta imagen debió traerle a la memoria algo a lo que se parecía mucho;
con gesto reflejo abrió la boca y se palpó los dientes. Absorto en los volúmenes y
formas de la caverna, sintió que el mundo exterior se volcaba en ella, asociándolos con
una imagen aprendida, de animal, planta, persona o cosa. Tranki-Tronko quedó muy
impresionado por estas observaciones. Se tapaba los ojos con las dos manos, pensando
que así, los fantasmas producto de tales asociaciones desaparecerían, pero en cuanto los
abría, volvían a aparecer multiplicados.
Así pasó la jornada, rascándose la cabeza y andando de un lado para otro, hasta
que los demás miembros del clan regresaron, hallándolo como siempre, según ellos,
pensando en las musarañas. La caza había sido abundante, así como la recolección, pues
el buen tiempo les había acompañado: un bisonte, dos cabras, un ciervo, siete conejos,
montones de bayas, trufas y tubérculos se amontonaban. Mientras dos ancianas
desollaban los conejos para preparar la cena, tres hombres tomaron los cuchillos para
despojar a las piezas de sus pieles, pero viendo a Tranki-Tronko ocioso le instaron
enseguida a realizar la tarea: ¡eh, tú, gandul, gánate la cena!; así que algo remolón se
puso manos a la obra.
Bien entrada la noche todo el mundo dormía. Él estaba a punto de finalizar su
trabajo, cuando los ojos del ciervo al que retiraba la piel llamaron su atención. Los
observó concienzudamente, concentrado en su forma almendrada, su vidrioso brillo, el
negro intenso de sus pupilas..., enseguida recordó las visiones vividas en la cueva y las
invocó de nuevo mirando alrededor. La luz era pobre, así que avivó el fuego. Si, allí
estaban de nuevo a poco que se esforzaba, el ciervo, el cazador, el bisonte, el río...
Esta vez deseó que se quedaran y con las manos manchadas de sangre de los
animales muertos, dibujó sus contornos en las paredes de la cueva. Satisfecho con el
resultado, quiso continuar, pero vio que la tintura roja de la sangre se terminaba;
enseguida recordó el día en que se clavó la aguja, en la propia sangre que le brotaba del
dedo, pero esta idea le puso la piel de gallina, así es que buscó como loco con qué
sustituirla: ¡la fruta!, ¡eso es!, pensó. Mas tarde también hizo uso de la ceniza, las yemas de los huevos o las hierbas. Se dio un festín de colores dejando el suelo de la cueva
hecho un estercolero, pero lo había conseguido. Allí estaban sus visiones intactas, como
recién nacidas.
De madrugada, fue una hembra sapiens la primera en despertar, encontrando a
Tranki-Tronko con las manos en la masa, en este caso, con los dedos sobre las paredes
de la caverna, después miró a su alrededor, y al reparar en los frescos, se incorporó casi
de un salto gritando como una posesa. El artista dio un respingo, y el resto del clan
despertó dando traspiés y armándose con las hachas y lanzas en actitud defensiva. Mas
nada ocurrió, pues aquellos seres, en apariencia animados, no aligeraban las patas, ni
abrían la boca para decir: “esta... es mía”. Quienes sí la abrieron fueron los sapiens, al
observar que los espantajos o fantasmas tan magistralmente plasmados salían de los
dedos del infeliz, inútil, simple y gandulazo Tranki-Tronko Sapiens.
De la obra "Homo cavernarius" de Carmen Hernández Montalbán
LOS CUATRO ELEMENTOS
Caminó durante todo el día sin descanso ni rumbo. Primero un páramo reseco y polvoriento. Imprimió sus huellas sobre una línea horizontal e invisible. No sabía hacia dónde se dirigía, llegar no era su meta. No le inquietaba el tiempo ni la lejanía, no se preguntaba nada. Devoraba con la mirada amarillos cercanos, marrones profundos y ocres. Sabiéndose firme bajo sus pies. Poco a poco fue naciendo en su consciencia el concepto de camino. Volvió sobre sus pasos buscando la línea marcada por sus pisadas, contaba los trechos, aprendió a contar. Pero las huellas habían sido borradas por el viento.
Se sintió perdido, miró hacia arriba, percibió el vacío intangible. Se movió entonces; esta vez su propósito no era caminar sino alzarse, sostenerse en la incertidumbre de la nada. Sus extremidades perdieron peso, se extendieron, se ejercitó en el vuelo. Finalmente se elevó y planeó sintiendo la caricia de las alas, vio el suelo reducirse por debajo. Escuchó la sonata de la brisa, olvidó el silencio. Descubrió los rincones donde habitaba el sonido.
Entonces percibió una luz a lo lejos, un haz de luz cegadora descendiendo de unas formas grises y blancas. Después vino el estruendo, un estruendo ensordecedor. Lo alcanzó el rayo, durante milésimas de segundo sintió la quemazón insoportable y experimentó un dolor intenso. Sintió reducirse su ser a una partícula, apenas un punto luminoso que acabó por unirse a la llama.
Se trasformó en ceniza, fue golpeado por el torrente de lluvia hacia el suelo, disuelto en la corriente fría que lo abrazaba. Corrió veloz por infinidad de surcos, penetrando en las rocas o desapareciendo. Supo de la oscuridad y de la luz, de lo minúsculo y de lo inmenso, de lo tangente y de lo incorpóreo, de lo vacío y de lo lleno.
Fue, esa era su certeza, ser, incógnita constante para la humanidad, para quien entender su origen es la eterna quimera.
Texto: Carmen Hernández Montalbán
Ilustración: Elena Hernández Torres
Se sintió perdido, miró hacia arriba, percibió el vacío intangible. Se movió entonces; esta vez su propósito no era caminar sino alzarse, sostenerse en la incertidumbre de la nada. Sus extremidades perdieron peso, se extendieron, se ejercitó en el vuelo. Finalmente se elevó y planeó sintiendo la caricia de las alas, vio el suelo reducirse por debajo. Escuchó la sonata de la brisa, olvidó el silencio. Descubrió los rincones donde habitaba el sonido.
Entonces percibió una luz a lo lejos, un haz de luz cegadora descendiendo de unas formas grises y blancas. Después vino el estruendo, un estruendo ensordecedor. Lo alcanzó el rayo, durante milésimas de segundo sintió la quemazón insoportable y experimentó un dolor intenso. Sintió reducirse su ser a una partícula, apenas un punto luminoso que acabó por unirse a la llama.
Se trasformó en ceniza, fue golpeado por el torrente de lluvia hacia el suelo, disuelto en la corriente fría que lo abrazaba. Corrió veloz por infinidad de surcos, penetrando en las rocas o desapareciendo. Supo de la oscuridad y de la luz, de lo minúsculo y de lo inmenso, de lo tangente y de lo incorpóreo, de lo vacío y de lo lleno.
Fue, esa era su certeza, ser, incógnita constante para la humanidad, para quien entender su origen es la eterna quimera.
Texto: Carmen Hernández Montalbán
Ilustración: Elena Hernández Torres
CARONTE
TRISTE destino el de Caronte¿Cómo ha de ser eso de conducir las almas en su último viaje? Triste, negro y triste el destino de Caronte. Él testigo de las intrigas, de los odios, de la sed de venganza, testigo del arrepentimiento, de la horrible confesión, de la última danza: la danza de los muertos. Caronte vagará eternamente por las riberas de la Estigia, porque no sabe a dónde va, no conoce, no teme, porque no ve. No sabe, ni sabrá nunca hacia dónde se dirigen esas almas que transporta. ¿Es éste su castigo? ¿O ésta su elección? Ha de ser su castigo, pues triste elección ha de ser navegar a merced de lo imprevisible.
Caonte no habla, Caronte no ve, rema. Rema, ama el silencio y escucha. Escucha las voces de aquellos que han de pasar a la otra orilla. Escucha que la felicidad no es más que un instante de placer antes de la muerte. Y la muerte, un impreciso recuerdo de lo que llamamos vida antes del fin. En su barca ha de transportar lo mismo a reyes que siervos, héroes, ángeles o demonios.
Dicen que en la otra orilla, la luna gigantesca parece un sol imantado de rojo sobre el horizonte. Y que por esta señal, intuyen los condenados que se encuentran a las puertas del infierno. Allí la barca, repleta de muertos,se detiene.
Es la nave de Caronte que no podrá jamás remontar la corriente.
Triste destino el del barquero, que sonámbulo y entre amargas sombras ha de seguir navegando por toda la eternidad.
(De Cuaderno de los Icebergs. 2009)
Dora Hernández Montalbán
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





