LA LUZ DEL FIN DE LA TIERRA, DE CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN (José Carlos Rosales / Presentación 16 de enero de 2016 / Centro Artístico)




Carmen Hernández Montalbán ha escrito un libro ambicioso y sencillo. Sencillo porque las páginas de La luz del fin de la tierra nos hablan de asuntos cotidianos, acontecimientos humildes y comunes, esos que de tanto mirarlos se nos van volviendo lamentablemente invisibles, como si no existieran, como si su presencia fuera la de un mineral anónimo, siempre delante de los ojos, siempre enmudecidos o callados; y así nos vamos tropezando en medio de una plaza con la lata de un mendigo cuyo “peso liviano / es la paradoja de aquellos que no pueden sostenerse” (en “La lata del mendigo”, p. 30); o con el calendario que nos trae el brillante perfume de una mujer-anuncio que, “perfumada de glamour, fingió ante el mundo / su imagen de fragilidad y desamparo (en “Chanel nº 5”, p. 48).

Pero también nos tropezamos en los poemas de Carmen Hernández con el tiempo minúsculo, con los instantes más imperceptibles o más nimios de un día cualquiera, un día de tantos, esos días y momentos que cruzan nuestra vida de manera insistente y que muchas veces dejamos pudrirse para seguir chapoteando en el barro de las torpes urgencias altaneras del mundo: por ejemplo, el atardecer contemplado felizmente desde una ventana hasta comprobar que “la tarde, en la infinitud del tiempo, / es un fósil que nos recuerda que la luz perdura” (en “Atardecer”, p. 46); o, también,  esa tierra sedienta del Cabo de Gata donde “el viento agazapado se desliza, silbando la serenata del origen” (en “Cabo de Gata”, p. 58).

Y todo ello con un lenguaje que fluye sin alharacas, un lenguaje cuidado y común, un lenguaje sin estridencias, frases tranquilas y pensadas, donde la autora sagazmente se permite en ocasiones recuperar palabras en desuso, palabras que remiten a sensaciones u objetos olvidados, palabras que fueron comunes y ahora están en olvido, como algunos de los temas o asuntos en lo que se detiene su mirada poética y a los que ya nos hemos referido. “Guardo en mi faltriquera tu risa”, leemos en “El amigo” (p. 64); o “mi alma corcovea / ante el vértigo de las vivencias”, en “Caída libre” (p. 65). Lenguaje también desinhibido que, sin apartarse demasiado de la sabiduría de nuestras tradiciones métricas o discursivas, se permite jugar con inesperadas asonancias en apariencia casuales o irregulares que despertarán en la conciencia lírica de los lectores el aroma de la poesía popular, pensemos (por ejemplo) en el romancero: “luego están las palabras / que componen los versos, / que corren armoniosas, / en las venas del tiempo, / palabras donde el alma / entreteje los velos / de una clara certeza / y que siguen latiendo” (“Sinestesia”, p. 43).

Pero La luz del fin de la tierra no es sólo un libro cuidado y sencillo. Es, también, un libro ambicioso. Su autora, Carmen Hernández Montalbán, ha recogido en sus páginas la historia del mundo, es decir la historia de lo que nos rodeaba antes, la historia de lo que nos rodea ahora. Tal vez por eso el primer poema nos hable de los muertos: “los abrazó la tierra en su cálido regazo, / y una brisa joven arrastró la quimera / de sus ojos” (en “La hojarasca”, p. 19). El silencio y la desdicha  de los que nos antecedieron están presentes en los caminos de nuestro pensamiento, en los pliegues de nuestro corazón. Su silencio o su soledad es la nuestra. Su historia es la historia del mundo. Y Carmen Hernández lo sabe y nos lo dice: “Lo que escapa sin retorno / cabe en un parpadeo, / en un bostezo fugaz que no admite mímesis” (en “El viajero”, p. 47). De esa voluntad (consciente o inconsciente) de crónica general y personal quizás proceda la pluralidad temática y discursiva de estas páginas, donde encontramos visiones impresionista del paisaje (en “Aromas perfectos”, p. 56), vibraciones sensuales o eróticas (en “Comí chocolate”, p. 59; o en “Jinete del aire”, p. 62), testimonios de la codicia o la miseria (en “El desdén de la codicia”, p. 31; o en “La lata del mendigo”, p. 30), denuncias de los abusos del poder (en “Ellos deciden por nosotros”, p. 28), alegatos en favor de la libertad de las mujeres (en “Grito de mujer”, p. 39), experiencias de la soledad (en “La espera”, p. 41) o vibrantes exhortaciones vitalistas (en “No temas la marea”, p. 40; o en “Escucha la voz”, p. 63).

La historia del mundo está en cada uno de nosotros. Pero no siempre somos conscientes de su presencia. El nuevo libro de Carmen Hernández, La luz del fin de la tierra, recoge los trazos dispersos de esa historia: de la oscuridad  a la penumbra, de la penumbra a la luz, de la materia inerte al corazón palpitante, de la voz solitaria al roce ineludible de los otros, de la noche al día hasta lograr el perfil de ese itinerario que de alguna manera queda trazado en el orden de las tres secciones del libro (I. Oscuridad, II. Penumbra, II. Luz), un itinerario que no por ser poético deja de ser nítido y exacto: con la nitidez del que ha sentido o vivido antes de escribir, con la exactitud del que ha pensado antes de coger la pluma, del que tiene un propósito estético, del que se arriesga a decir lo que quiere decir. Y no habría mejor resumen de todo este itinerario feliz que los dos versos con los que se cierra este libro tan veraz y exacto: “Mi misión no es apagar estrellas […], / mi trabajo consiste en encenderlas” (“El ilusionista”, p. 66).


Plegaria, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN





Una almohada limpia donde llorar mi angustia,
en una alcoba cerrada a la violencia del mundo,
un aljibe gigante donde guardar mis lágrimas,
en un campo de alfalfa donde paste la esperanza.
¡Ojalá (Oh Allah)!
Tu nombre sea alado y blanco como una paloma. 

Tierra iracunda, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

Semanario Wadias 25/04/2015


La ira ofusca la mente, pero hace transparente el corazón (Niccolo Tommaseo)


Dicen los más viejos que hubo una tierra iracunda donde todos eran habitantes fugitivos en casas iluminadas de paupérrimas bombillas amarillas, por donde las madreselvas y otras plantas trepadoras campaban a sus anchas. En aquel tiempo todos eran hijos de la ira; almacenaban el fracaso, acumulaban el rencor, y contaban los agravios recibidos como el avaro cuenta una y otra vez su preciado tesoro.
Pero en el fondo, los miserables habitantes de aquella tierra de entonces sabían que si permanecían inmóviles, si se rebelaban en contra de la terrible rutina que los había confinado al no ser, todo cambiaría. Aquella era una tierra roja de rocas peladas, por donde cursaban ríos cristalinos, girasoles ciegos y vacas amarillas señoreando sus ubres secas por calles desoladas, por donde siempre marchaba gente anónima, arrastrando la alcuza del hambre. Allí nacieron los hijos de la ira.
Ellos supieron que el sol no se compra, que nada poseían salvo el legado de la ira, ira necesaria para luchar contra la tiranía del odio y la soberbia. Comenzó entonces el eterno éxodo del vencido, miles de pies arrastrándose por caminos inhóspitos, miles de manos enterrando los cuerpos al alba, cuerpos que nadie creyó que fueran semillas, ojos contemplando la inercia del horizonte, suspendidos en el agravio, paralizados en la negación de un mundo posible. Llegó Saturno devorando a sus hijos y nunca el hombre tuvo tanta piedad de sí mismo como entonces, ni tanto arrebato, ni tanto odio.
Supieron de repente que la despiadada mañana había llegado cargada de mondos huesos y cadáveres apilados. Quedaron los hombres incrustados en la tierra, hundidos hasta las rodillas, enfrentados para siempre y duales en otra absurda guerra fratricida. Creyeron que necesitaban de la ira para salvaguardar la vida injuriada, los ojos del caballo asesinado y sus ásperas crines ensangrentadas. Ellos no sabían que los que murieron, germinarían un día en otros hombres nuevos, y que lucharían para limpiar aquella tierra iracunda de estiércol y escorpiones, que lucharía sin tregua para que la vergüenza del pecado terminara. Aquellos hombres se preguntaban ¿cómo pueden los pacíficos entender más allá de los dientes que mordían, cómo se puede crecer entre las cicatrices? ¿cómo seguirá latiendo el corazón que ha clavado puñales en el costado de otros hombres?. Ellos no sabían que existía un agua que habría de caer sobre la semilla reseca y cubierta de ceniza, que de su propia sed y ansias nacerían el agua nueva que regaría la espiga.
Pero malditos los que un día comulgaron con la muerte y que en lugar de pan dieron lágrimas, malditas manos manchadas lacayas del tirano…, siempre es lo mismo Ojos de uva, una tierra que espera a ser sembrada y la vieja raposa colándose en los jardines. La traidora muerte disfrazada de hambre, de Ébola, de venganza, de oro líquido y prosperidad.


¡Qué amoroso es el amor! (poema infantil), de CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN

Dibujo de Manolo Hernández (Colegio Padre Poveda Guadix)

¡Qué amoroso es el amor!
suavito como una pluma,
crece como la espuma
y el corazón nos agita.

Hermoso como una flor
el amor nos enamora
con sus besos nos decora
el alma que canta y grita.

¡El amor es lo mejor!



Flotando sobre las cárcavas, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN


Flotando sobre las cárcavas,
el sol se va lejos ante el asombro de una hembra muda,
que de tanto conspirar con el silencio,
se le fue agrietando la conciencia.
y una vez más la rebelión de Eva que grita al fin:
Yo soy el edén,
hembra de sal,
ninfa del eco,
agua del diluvio,
exilio del hombre.


Otoñal, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



ÉSTOS
días de otoño,
no quisiera escribir otra cosa
sino pájaros arropados de grises 
que guardan entre el plumaje un beso frío de brisa.

Estos días,
las torres recuerdan su verdor al musgo de las tejas,
se respira en rededor,
una esencia que recuerda rosas secas entre libros.

Pues la naturaleza ha quedado quieta,
espectante,
tan atenta que parece que presiente.

Estos días, las horas se visten de tornasolados cromos
y el tiempo parece rendir homenaje al silencio,
se retorna a las cosas, al rincón,
el corazón nos palpita alguna parte que dejamos olvidada.

Aquella feria tan lejana, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.




    Las guirnaldas y farolillos de papel de colores competían inútilmente con los tiestos de macetas, pobladas de geranios y claveles reventones que adornaban los puestos callejeros de churros y buñuelos, los turrones y gallitos de caramelo veteados de arcoíris.       Las colchas nupciales de seda, a falta de mantones de Manila, lucían en las tabernas mezcladas con los peroles de cobre, brillantes como espejos.
     Las modistas se afanaban rematando los vestidos de volantes con encajes de bolillo, las uñas de gato o las puntas de festón. En algunos talleres, ya se escuchaba el sonido acompasado de las máquinas de coser de marca Singer, recién salidas de la fábrica, todo un prodigio de los adelantos de la industria. “Las mocicas lucirán como las rosas este año”- comentaban las aprendizas-. Las niñas de las cuevas, de la Estación, las de Santa Ana y las del centro sonreían frente a los espejos de cuerpo entero en los talleres de corte y confección. “Que mi madre dice que tendrá que pagárselo a plazos” –decían a la modista ligeramente ruborizadas- “No te preocupes bonica, cuando se pueda ¡no faltaba más!”.  Tan hermosas, tan garbosas las accitanas y tan decentes que muchas se marchitaban, impacientes tras los visillos, esperando que llegara la Feria para salir.
     En el río verde, la feria de ganado bullía con los tratos, las trapisondas de payos, gitanos, pastores y esquiladores; todos hacían gala de su talento para el embuste o el arte del regateo. Aquí no había mulo o caballo jaco que no se vendiera por potro u oveja que no se comprara por cordero lechal.
      En la plaza de la catedral, un tiovivo  circundado de Pegasos que giraban, subían y bajaban, hacía las delicias de los niños, los que podían pagarse el viaje, pues el resto, que era la mayoría, tenían que conformarse con mirar y así pasaban las horas embobados mirando a los otros niños como reían al despegar. Un caballero, Don Ernesto,  observa desde una esquina, se adelanta hacia el dueño de la atracción y le compra una entrada para un niño pequeñísimo y desnutrido, con una vela de moco, cuyos ojos extasiados van siguiendo el movimiento rotatorio de la atracción. Ernesto se ha gastado una peseta del exiguo jornal  que gana como maestro de primeras letras, pero siente una satisfacción inmensa y un hormigueo de emoción en la boca del estómago que casi le hace llorar de alegría, cuando ve al niño volar, soñar durante esa eternidad para un niño que son los cinco minutos que dura el trayecto. A Ernesto, con su traje gastadísimo de rayas y su gorra, se le ve sonreír bajo su fino bigote atusado mientras se aleja, recolocándose el clavel en el ojal de la solapa.  Esta tarde de septiembre, Guadix se ha engalanado para la fiesta, por la plaza de la Constitución, pasean las familias luciendo sus mejores prendas, algunas se encaminan hacia la pastelería de la Señá Frasquita Casas a saborear su variedad de pasteles y tomarse ¿por qué no? una copita de aguardiente dulce, un día es un día. La Banda de Música de Miguelillo López anima a la concurrencia con piezas de Albéniz y Granados, pasodobles, tangos del argentino Gardel, y una música estrambótica, desenfrenada y a todas luces indecente que se llama Charlestón. Y así, bajando por el Arco de San Torcuato, escuchando el trino de los estorninos en las huertas aledañas, llega hasta la Barbacana y descubre con sorpresa la vistosa carpa del Circo Cortés, los espectadores hacen cola para obtener una entrada, un enano disfrazado de payaso anuncia por el megáfono el cartel de variedades: ¡Accitanos! ¡No se pierdan esta tarde el espectáculo circense más atractivo que jamás hayan visto: la mujer barbuda, el Tonto Barreras y su tropa de chistosos payasos, el número de funambulismo de los incomparables hermanos Cortés, Secundino y la bellísima Aurelia! ¡Adquieran su entrada si aun no lo han hecho, no se arrepentirán, la diversión está garantizada! Y así, como atraído por un resorte, Ernesto se acerca, saca de su bolsillo la única peseta y media que le queda y sin darse cuenta, ya está allí sentado, la función acaba de comenzar. Ernesto ríe a carcajadas con los payasos, se impresiona con la mujer barbuda, se estremece con Hércules; el domador de fieras y al final, cuando parece que es imposible mayor deleite, se anuncia el número de equilibrismo y allí en lo alto, a un extremo del alambre, radiante aparece la estrella: un ángel rubio vestida de satén plateado, como un rayo de luna. Sus esbeltas piernas de nácar desnudas, más que caminar, parecen levitar en el vacío sin otro sostén que la fina cuerda en la que se posan. Al otro extremo un muchacho de cuerpo atlético se aproxima hacia ella por la cuerda sosteniendo una pértiga. Es entonces cuando se produce el formidable ensamblaje en una suerte de fantásticos equilibrios, que se suceden para terminar virtuosamente en  la pista. Los hermanos recorren la platea agarrados de la mano y saludando al público de la primera fila. La bella Aurelia lanza besos por doquier y durante apenas unos segundos las miradas de la artista y la de Ernesto se encuentran y se mantienen. Al finalizar la función, Ernesto hechizado, permanece sentado en su butaca mientras el público abandona sus asientos para dirigirse a la salida.  Se resiste a abandonar el lugar donde los ojos verdes de la hermosa funambulista se posaron en los suyos. En el camino de regreso a casa el maestro sueña con ese mágico encuentro, con la gracia y naturalidad del cuerpo de Aurelia, y mirando en dirección a la torre de la catedral, ya casi anocheciendo, ve lo que parece una estrella fugaz, cierra los ojos y cuando va a formular el deseo,  siente el estruendo de la pólvora, los fuegos de artificio han comenzado. Miles de estelas de colores se multiplican en el cielo de septiembre. Arrobado por la belleza, el sensible Ernesto piensa que lo más hermoso siempre es fugaz, gracias a eso, la ilusión se renueva constantemente.

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