LA FUENTE DE MAESE PEDRO


En las noches de solsticio de verano, si acontece que la luna está llena, hay veces que se cubre de un velo rojo como ascua candente y el lucero vespertino reluce en el cielo, semejando el péndulo del zahorí en busca de veneros subterráneos. Allí donde el aljibe hoy se oculta a la vista de los que por allí transitan, en otro tiempo, había una fuente de aguas cristalinas que regaba un hermoso huerto, en el que brotaba el regaliz, el romero, la salvia y la hierbabuena. Las raíces hundidas en la misma tierra de donde brotaba el agua, la dotaban de una frescura y dulzor inigualables. Los paisanos y viandantes, acudían allí para llenar sus cántaros deste agua de propiedades curativas tanto para el cuerpo como para el alma. Si el viajero que por allí pasaba, carecía de recipiente donde guardarla, muy bien podía comprar un cántaro a Maese Pedro el alfarero, que tenía su morada y taller a solo unos pasos de la fuente.
Pero estamos en noviembre, Maese Pedro de Herrera, cambia la mecha de los candiles, como cada viernes desde que tenía uso de razón, había visto hacer a sus padres. Mientras cumple con el ritual, recuerda como en un sueño, la visita de un anciano a la casa de su infancia. Su abuelo Jacob Abenyacar, el judío, que habría de partir el día después para el puerto de Almería, sin cometer otro delito que justificara su destierro, que el de profesar la ley de Moisés. Hacía más de cincuenta años desde aquello. El ambiente de represión y miedo de los que tuvieron que abrazar la fe de Cristo, había persistido desde entonces, de modo que la vida del maestro alfarero, había transcurrido solapada bajo la identidad cristiana de su madre, Doña Ana de Herrera, quedando el apellido de su padre, Salomón, difuminado por una muerte temprana y el bautismo apresurado de los vástagos.

Fuera el frío hería como un cuchillo. Las ramas desnudas de los árboles alzaban sus brazos al cielo nocturno. El silencio que reinaba en las calles desiertas tan sólo era interrumpido a veces por el ladrido de unos perros lejanos. En la cocina los leños crepitaban y un olor a pan recién horneado perfumaba el ambiente. Inés, la única y bellísima hija de Maese Pedro, canturreaba una cadenciosa melodía con los ojos entrecerrados mientras abrazaba la espuerta de los panes. Su corazón, como una gacela, volaba por las cumbres de la Sierra Nevada en pos de un jinete que cabalgaba sin tregua para llevar un mensaje a los otros moriscos allí replegados. Era Hernando López de Abenaxara, caballero principal entre los moriscos, del que se había enamorado en la noche de San Juan, de aquel mismo año que pronto estaba por finalizar.
Se conocieron en verano, Inés y su padre fueron convidados a casa de su tía Leonor, hermana de su difunta madre, casada con Diego Hernández, el molinero del Zigüeñí. Estos tenían dos hijas de edades muy parejas, con las que Inés moceaba. Acostumbraban los jóvenes lugareños, en especial los moriscos, en acudir a las ramblillas y acequias la víspera de San Juan donde prendían grandes hogueras en los claros de los campos. A eso de la media noche se bañaban con el agua de las pozas que los mancebos hacían cercando la corriente con grandes piedras. Las doncellas adornaban sus cuerpos con alheña y se vestían con ropas muy livianas, provocando el deseo de los mozos y el escándalo entre los mayores. Se formaba gran algarabía de música y danza alrededor de las luminarias, hasta mucho después de la media noche.
Teresa y María, las primas de Inés, conocían de estos festejos, en alguna ocasión habían participado en ellos clandestinamente, pues sus padres se lo tenían prohibido, porque decían: eran fiestas poco cristianas, y faltaban al decoro de las muchachas honradas. Pero ciertamente, eran pocas las ocasiones en que los jóvenes podían reunirse en un mismo lugar, sin la presencia o vigilancia de sus padres o tutores.
Ese año, coincidiendo la visita de los parientes con la festividad del Santo, las hijas de los molineros quisieron participar a su prima de la escapada nocturna, ya que compartían la misma alcoba.
- Nos alegra que hayas llegado tan oportunamente- le dijeron mientras paseaban- porque siendo vísperas de San Juan, te llevaremos a un festejo que te ha de gustar. Mas no han de enterarse de esto tus tíos, ni tampoco el tío Pedro, ya que la fiesta tiene lugar bien entrada la noche, y no nos van a dar permiso.
- ¿Qué celebraciones son esas, que os hacen salir de la casa como si fuerais ladronas?, mirad que no quisiera ser cómplice de alguna cosa que os pusiera en peligro...
Inés, con el ceño fruncido miraba a las dos muchachas, ahora a una, luego a la otra. Las dos rompieron a reír de repente, como quitándole hierro al asunto.
- No te inquietes prima Inés, que no corremos peligro ninguno, no hay otra razón que la de ser ya muy tarde cuando empiezan, que a ellas van muchachos y muchachas como nosotros..., y que te han de gustar mucho- dijo María, la menor, mientras miraba a su hermana con el rabillo del ojo, buscando apoyo, al momento Teresa acudió en su ayuda.
- A ella asisten mozos muy galanes, algunos llevan laúdes, y cantan canciones de amor...
Tras un silencio breve, en que Inés miraba a sus primas un poco indecisa, al fin asintió. Las tres rompieron a reír con gran alboroto, nerviosas y emocionadas al mismo tiempo.

Aquella tarde, bajo el patio del emparrado, dispusieron una cena abundante, patatas asadas, pollo en pepitoria, una rica ensalada de cebolla cocida, bacalao, huevo duro y aceitunas, a la que llamaban "Zalamadroña" y un lebrillo mediano colmado de cerezas. Junto a todo esto, y por ser una ocasión extraordinaria, el tío Diego, sacó una jarra de vino cosechero, para celebrar la visita de los parientes. Antes de la media noche, todos dormían profundamente, amodorrados por los vapores del vino. Todos menos las muchachas. que cuidando de no hacer el menor ruido, con los calzados en la mano, salieron por el balcón del dormitorio cuya baranda de madera, apenas distaba dos metros del suelo. Fuera se escuchaba el canturreo de los grillos. Una luna enorme se recortaba tras las ramas de los álamos blancos, iluminado el campo como si amaneciera. La luz de las hogueras podía entreverse a lo lejos. María y Teresa reían, entre eufóricas y nerviosas por la fuga. Inés no sabía si reír o llorar, andaba tras ellas como sonámbula por las veredas. No anduvieron mucho, cuando comenzaron a oír el jolgorio de una hoguera cercana. El fuego estaba ya bastante apaciguado y una rueda de jóvenes danzaban alrededor. Al verlas llegar, en seguida las invitaron a bailar. Nunca antes había tenido Inés ocasión de asistir a una fiesta tan alegre. El colorido de las prendas de las damas, algunas muy hermosas, de negros cabellos adornadas con pulseras y collares de cuantas, pintadas sus manos con alheña, cantaban y bailaban en una rueda muy grande.
Tras un buen rato de danza, los cuerpos empapados de sudor, pronto quisieron hallar alivio en las aguas frescas de los riachuelos, y a estos se lanzaban, o se dejaban llevar, como Inés, de la mano de los más osados hacia el agua, salpicándose unos a otros al tiempo que reían. En esto estaban cuando escucharon el relincho de caballos acercándose, de ellos desmontaron dos jóvenes jinetes, eran los hidalgos Diego y Hernando López de Abenaxara. Se acercaron a saludar a otros muchachos y probaron del vino que estos les ofrecieron. Las mujeres murmuraban entre ellas a propósito de la visita. La mirada de Inés quedó presa de la del caballero más joven, Hernando, que la observaba desde la orilla de la acequia que llamaban del Chiribayle. Prendado de la muchacha de ojos verdes, cabellos mojados, iluminados por la luz de la luna. Como hipnotizado se adentró en el agua, acarició su rostro y le besó la palma de la mano, ante el asombro de todos. Luego montó el caballo, seguido de su hermano sin dejar de mirarla, hasta perderse en la espesura del campo.
Las primas boquiabiertas, al verlo desaparecer, cogieron a Inés una de cada brazo, hasta la orilla, y la acosaron a preguntas, sobre el breve encuentro con el joven Hernando. De pronto la música cesó, todos echaron a correr, huyendo de algo que las tres primas ignoraban, mas las hizo ponerse en guardia, al escuchar la carcajada macabra de alguien o algo, que más parecía de otro mundo, pues procedía de las copas de los álamos.

- ¡Guía, guía, no hay Dios ni Santa María!- gritaba.
- ¡Son las brujas, corred!
Teresa y María emprendieron la huída sin demora, pero a Inés la paralizó el pánico, Cuando quiso escapar, la enagua se le enredó en una zarza. Intentó gritar, pero se había quedado sin voz aterrorizada, y cayó al suelo desvanecida. Cuando despertó, se vio acompañada de una vieja raposa de aspecto desagradable tratando de reanimarla.
- Despierta mocica ¿Qué te pasa?, anda bonica vuelve en ti...
La sonrisa grotesca de la anciana le hizo castañear los dientes.
- Muy asustadiza eres, que tan pronto te espantas. Ni semos brujas ni muncho menos niña, que lo que habéis sentío, no son más que las voces de la Quiteria, mi cuñada, pues dende el año pasado que se le fue la cabeza, le ha dao por tirarse al campo en cueros por la noche y se sube por las ramas de los árbores - decía, mientras andaba hacia un olivo centenario. Tras el tronco vio aparecer casi a rastras a la otra, riendo y llorando a la par.
- ¡Sal pa juera escaria!-le gritaba la vieja- ¿no ves que te vas a desoyar viva?- decía mientras la tapaba con el sayo- ¡No ves que estás asustando a la zagala?.

Al claro de luna, encorvada y mustia como un lirio quebrado, al pronto apaciguada, como si la presencia de la joven fuera un bálsamo que aquietara su demencia, la mujer la miró con honda tristeza, las lágrimas se precipitaron y un llanto silencioso la embargó. Inés se preguntaba ¿Qué tragedia podía haber llevado a aquel ser a la locura? ¿Que desgraciado acontecimiento podía transformar a una mujer en un espectro de sí misma?. Sin sentir ya miedo, aunque algo de recelo por la presencia de la vieja raposa, se acercó a la pobre Quiteria y con un trozo desgarrado de su propia enagua, le secó el rostro. Quiteria conmovida, le tomó las manos para besarlas repetidamente. Deslizó entre sus manos algo frío y pequeño de metal, al tiempo que miraba a la cuñada algo temerosa, apretando las manos de la joven en torno al objeto. La vieja desconfiada, se apresuraba hacia ellas, cuando escucharon cascos de caballos aproximarse. Inés sintió gran alivio al ver aparecer a sus primas, junto con los hermanos Abenaxara. Alertadas por su ausencia, habían pedido su ayuda. La raposa entonces tiró del brazo de Quiteria y se la llevó murmurando un : vayan con Dios..., en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron entre los árboles. Los caballeros se ofrecieron a escoltarlas hasta su casa, recordando a Inés la escapada furtiva, pues no tenía certeza de tiempo transcurrido desde que salieran de la casa de sus tíos, que ya le parecía una eternidad, sin embargo no habían pasado más de dos horas. Cuando llegaron al molino, todos parecían dormir, mientras las hermanas daban gracias a Diego por la ayuda prestada, Hernando e Inés quedaron un poco rezagados. Ella aun portaba en su mano la joya con que Quiteria la había obsequiado, una medalla de oro grabada con una grafía en árabe. Entonces contó a Hernándo lo sucedido esa noche con las dos mujeres, le preguntó si conocía el mensaje que estaba escrito en la medalla. Hernando, le explicó que las letras relataban una sura del Coram, el libro sagrado de los musulmanes, que así dice:

La que cubre
En el nombre de Allah, el compasivo, el misericordioso...
¿Te has enterado de la historia de la que cubre?
Ese día,
unos rostros humillados, preocupados, cansados,
arderán en un fuego abrasador,
se les dará de beber de una fuente hirviente,
no tendrán más alimento que el dari,
que no engorda ni sacia
Otros rostros ese día estarán alegres,
satisfechos de su esfuerzo,
en un jardín elevado en el que no se oirá bariloquio,
habrá allí una fuente caudalosa,
lechos elevados,
copas preparadas,
Cojines alineados y alfombras extendidas.

¿Es que no consideran cómo han sido creados los camélidos,
cómo alzado el cielo,
¿Cómo extendida la tierra?
Amonesta pues,
Tú eres solo un monitor,
no tienes autoridad sobre ellos,
sin embargo,
a quien se desvíe y no crea,
Dios le infligirá el castigo mayor,
volverán todos a nosotros,
Luego nos tocará a nosotros pedirles cuentas.

Después le contó brevemente lo sucedido a Quiteria. Ella y su difunto marido eran cristianos nuevos. El esposo, había muerto en manos de unos desalmados, criados de los Marqueses del Zenete. El matrimonio poseía unas tierras de regadío muy ricas en la vega, que la marquesa reclamaba para sí. Sus criados ambicionaban arrendársela después en usufructo. El marido había recibido varias ofertas de compra a un precio miserable, pero a diferencia de otros vecinos moriscos, no había sucumbido ante las amenazas de los compradores, manteniéndose firme, diciendo que sus tierras no estaban en venta. Una noche en que regresaba a su casa después de las labores de regadío, le salieron al paso tres individuos, casi a las puertas. Quiteria escuchó gruñir a unos perros y se inquietó. Dejando el temor a un lado, descolgó uno de los candiles y salió a la calle. Al ver a su marido indefenso entre aquellos hombres, fue a buscar algo con que defenderlo, pero su intención quedó frustrada cuando alguien la atacó por la espalda, la amordazó e inmovilizó, obligándola a mirar la terrible escena que tendría lugar.

- ¡Perro morisco! - gritaban- ¿Quien eres tú para despreciar los dineros de los marqueses? DA gracias a Dios que te permiten vivir en sus lindes, que por ley les pertenecen.
- ¡Mientes! -contestó él- estas tierras fueron de mis padres antes de yo heredarlas, y de los abuelos de mis padres mucho antes. ¿Dónde está escrito que mis tierras son de ellos?, si algún poder lo dijere así, sería blasfemia.
- No blasfemes tú hereje, todo el mundo sabe que no crías cerdos, y que no has pisado la taberna en tu vida.
- No estoy obligado a criar cerdos si no quiero, ni a beber el vino que envilece a quien lo toma ¿Es eso faltar a Cristo y a su doctrina?

Los otros, cada vez más alterados, soltaron aquellos perros con los ojos inyectados en sangre, las bestias saltaron sobre él como demonios infernales. No pudo defenderse, en pocos minutos, los perros instigados por sus amos, dejaron su cuerpo destrozado ante los ojos de la mujer. Un grito se le ahogó en el pecho y una niebla roja empañó su vista, perdiendo el sentido se desplomó como un fardo entre los brazos del opresor, que junto a los otros tres miserables huyó seguido por los perros. Cuando Quiteria recuperó el sentido, sus miembros no respondían, y arrastrose como pudo hasta donde estaba su marido. En el instante en que vio la carnicería de la que había sido víctima, la abandonó la razón. Miró el crucifijo que pendía de su cuello, lo arrancó de un tirón y lo arrojó al suelo gritando enajenada:

- ¡No hay Dios ni Santa María!

Finalizado el relato, Inés quedó muy pensativa. El canto del gallo la devolvió al presente, y retornó el desasosiego que sentía, por no haber regresado aun a la casa. Se despidió de Hernando y corrió hasta el balcón donde sus primas la estaban esperando, le ayudaron a subir, y desde allí, agitaron las manos en señal de despedida. Diego las imitó, pero Hernando, absorto como estaba contemplando a la muchacha, quedó un rato parado frente al balcón, hasta que la vio desaparecer tras las cortinas.
Tuvieron que pasar dos semanas hasta que Inés volviera a encontrarse con Hernando. Estaba llenando un cántaro de agua en la fuente, solía hacerlo entre dos luces, cuando el tránsito de la gente era escaso y podía sentarse en el umbral de la cueva a descansar de las labores del día y escuchar el discurrir subterráneo del agua hasta desembocar en el pilón.
La fuente estaba dentro de una cueva, protegida por un arco de ladrillo, el suelo era de mármol, así como el pilón. El agua nacía de la tierra y bajaba por unas canales construidas con tejas de barro cocido. A la izquierda de la pila se hallaba un túnel, por donde en otro tiempo habría pasado el agua, cuando el caudal era mayor. La galería era tan ancha como para que pudiera caminar una persona a través de ella, pero la gente del lugar decía que el túnel no tenía final, pues los que se habían aventurado a entrar no regresaban nunca, por conducir, decían, al fin del mundo. Junto a la entrada de la galería se hallaba un pozo profundo, donde desembocaba el sobrante del pilón. Debido al vapor del agua subterránea se levantaba una niebla, que sobre todo en invierno añadía un elemento más de misterio al ambiente.
A aquellas horas de la tarde, se veían brillar las primeras estrellas, mientras el sol extendía su manto anaranjado sobre los cerros, y la frescura del huerto se dejaba sentir impregnando la brisa de aromas exquisitos. Cerró los ojos un instante, entregados los sentidos a este placentero remanso. Al volver a abrirlos, encontró al joven Hernando sentado frente a ella, había llegado con tanto sigilo que ni siquiera había escuchado sus pasos.
- Dios te guarde bella hurí, bien recompensado quedo del trabajo que me ha costado encontrarte. Muy necio fui, al no adivinar que las ninfas gustan del agua de los ríos o las fuentes.

Inés sonrió por toda respuesta y le ofreció agua del cántaro.

- No es de esta agua, de la que yo necesito beber, sino de otra, que no nace en las fuentes, sino de tus labios –dijo acercándose hasta ella.

- ¿Crees que podré algún día calmar mi sed?



Se besaron en la intimidad que el lugar les ofrecía, sin más testigos que el agua cristalina y un grillo cantor que se escuchaba en el huerto cercano.


Acordaron encontrarse allí cada atardecer, en los días sucesivos. A veces Hernando llevaba a la muchacha algún presente, un día un pañuelo de seda verde, que hacía juego con sus ojos, otros una flor..., la muchacha le correspondía con fruta fresca, que la había allí en abundancia. Al finalizar el verano, cuando la fuente era muy frecuentada, paseaban entre los arrayanes, viendo acortarse los días con tristeza, pues apenas el sol se ponía, Maese Pedro llamaba a su hija, y cada vez se hacía más breve el hermoso tiempo compartido.

Pasó el otoño, Maese pedro se sentó cabizbajo junto a la boca del horno de ladrillo, la luz de la tarde iba perdiendo su fuerza y el frío arreciaba. Su ceño fruncido delataba la preocupación por la ausencia de los dos aprendices que ayudaban en la alfarería, Tomás y Martín Muley, pues hacían ya tres días que faltaban al trabajo. Cinco días atrás, habían reunido a los cristianos nuevos que vivían en la ciudad. Todos los cabezas de familia habían acudido, convocados con la excusa de renovar el censo de pobladores. Maese Pedro se preguntaba, si ése había sido el motivo real del Corregimiento, o existía otra razón oculta. Los abusos y humillaciones de que habían sido objeto los moriscos en los últimos años, no pronosticaban nada bueno. La historia de sus antepasados volvía a repetirse, pero esta vez, se preguntaba: ¿quedarían impasibles los nuevos convertidos al ver su hacienda y sus costumbres mermadas, o tal vez, siendo como eran una raza orgullosa, tomarían las armas haciendo correr la sangre de opresores y oprimidos?. La tensión del ambiente en aquellos días era extrema, vecinos que hasta el día anterior habían compartido el pan, hoy se miraban con desconfianza, otros abandonaban sus casas y emigraban en busca de una vida mejor. Por otro lado Inés andaba aquellos días distraída, sin poner fe alguna en lo que hacía, por lo que Maese Pedro sospechaba que algo debía saber ella sobre la ausencia de los operarios. Decidió que lo mejor era encaminarse al día siguiente a la ciudad, para ver qué relación daban los familiares acerca de estos.

Mientras estos pensamientos rondaban por la cabeza del maestro, tuvo lugar aquella tarde en la Fuente otro suceso. Inés, como de costumbre, acudió allí para llenar los cántaros. Hacía tres días que Hernando se había marchado acompañado de los aprendices de su padre. Tomás vino enojado aquella mañana, pues había sido uno de los moriscos citados por el Corregimiento. Indignado por las ordenes del Regidor, de que todos los moriscos que residieran dentro de las murallas de la medina, debían salir de ella, para habitar en los arrabales en el plazo de tres meses, pus así se evitarían conflictos entre cristianos viejos y nuevos. Para ello la corona les pagaría un precio justo por sus viviendas. Pero tanto Tomás como Martín pensaban que con nada se podía pagar el abandono obligado del hogar que los había visto nacer a ellos y a sus hermanos o la humillación de someterse a unas órdenes injustas que decidirían por ellos su destino.
Habían escuchado hablar por entonces de un caudillo morisco de Alcudia que tenía contacto con otros sublevados de la Alpujarra, Hernando el Havaquí. Llenos de indignación, decidieron consultar con el joven Abenaxara, pues siendo caballero influyente, de seguro podía guiarlos hasta él y unirse a los otros en la lucha. Hernando les advirtió de los peligros que corrían si eran capturados en el trayecto hasta la Alpujarra, la inclemencia de la estación invernal por los senderos escarpados de la Sierra. Pero la decisión estaba tomada. Al día siguiente tomaron el camino paralelo a río wädis para entrevistarse con el Havaquí.

Inés se disponía entonces a regresar a su casa, cuando se topó de frente con la vieja que había visto la noche de San Juan, la cuñada de la infeliz Quiteria.
- ¡Dios te guarde zagala!, mucho he preguntado hasta dar contigo ¿Te acuerdas de mí?

Habría sido difícil olvidar un semblante de tan mal agüero - pensaba Inés, mientras asentía.

- Era preciso encontrarte, pues mi cuñada la Quiteria te dio un presente que no le pertenecía a ella sino a mí. Ya sabes que la endemoniada no está en sus cabales, a veces se confunde y toma como suyo lo que es ajeno.

Dijo señalando la medalla que Inés llevaba al cuello, de la que no se había desprendido desde la noche en que Quiteria se la dio. Hizo ademán de quitársela, pero en ese momento, sin saber por donde había llegado, apareció Quiteria, interponiéndose entre las dos mujeres y escudando a la muchacha.

- ¡Quítate de en medio! -gritaba la vieja levantándole la mano amenazante - ¿No te dije que no te movieras de allí?.

- ¡No se la des! –ordenó la otra a Inés – la medalla es mía, era de mi madre.
- La vieja, cada vez más alterada, agarró de un zarpazo a la mujer por el pelo, con una agilidad impropia de su edad y la arrastró hasta el interior de la Fuente.
Inés asustada las siguió gritando:

- ¡Suéltela por caridad!, suelte a esa pobre mujer, bastante ha sufrido ya, tome usted lo que vino a buscar – dijo mientras se desprendía de la joya.
Dejando a Quiteria a un lado, la cuñada usurera corrió hasta donde Inés estaba y le arrebató la medalla. Pero Quiteria entonces, armada de coraje, tiró del manto haciendo que la otra tropezara con él y se cayera al suelo de bruces, momento que aprovechó para quitarle la medalla que había caído también.
La muchacha pensó que el golpe había dejado a la anciana impedida, mas no salió de su asombro al ver que esta se levantó al instante y fue tras Quiteria, que sostenía la cadena pendiente sobre el pozo con la intención de arrojarla dentro.
- ¡Condenada, no la sueltes! ¡no dejes que la corriente se la lleve – gritó la raposa, lanzándose hacia la mano que ya la dejaba caer.
-
Entonces se inclinó para alcanzarla, resbalando en la boca del pozo y se precipitó en el vacío hasta perderse en la profundidad. Inés estaba tan asustada que temblaba de pies a cabeza y Quiteria cayó desmayada al suelo después de proferir un grito desgarrador.

- ¡Padre!- gritó en cuanto pudo reaccionar -¡Padre, acude a mí por el amor de Dios!, ¡Padre!.

Al instante llegó Maese Pedro, junto con Hernando Abenaxara que recién había regresado. Los dos trataron de calmar a Inés, que no hacía más que señalar al pozo, gritando histérica:
- ¡Se ha caído!, ¡La anciana..., se ha caído al pozo!
Maese Pedro miraba en dirección a Quiteria que aun no había recuperado el sentido, sin comprender a quien se refería su hija. Pero Hernando supo enseguida de qué se trataba y se asomó al pozo.
Tres días estuvieron buscando algún rastro de la mujer, Penetraron a través del túnel incluso, descubriendo así que este se comunicaba con varias alhamas de la ciudad, pero nada encontraron. Nadie reclamó su cuerpo, pues no tenía más parientes que Quiteria, la hermana de su esposo fallecido. Inés acogió a la mujer enferma en su casa durante algunas semanas, prodigándole cuidados, tranquilizándola en mitad de la noche, cuando la sobrecogían los ataques de pánico. Durante ese tiempo, Quiteria comenzó a mejorar y recuperó buena parte de la mujer que un día había sido. Daban largos paseos por el huerto cuando había sol, o se sentaban junto al horno, viendo a Maese Pedro trabajar con la arcilla. Hasta que una mañana, la mujer pidió a Inés y Hernando que la acompañaran a su casa de Alcudia.

Una vez allí, recorrió el mismo lugar en que hacía un año y medio yació su marido muerto. Quiteria se inclinó algo temblorosa e Inés la vio apartar la hojarasca. Encontró el crucifijo que había arrojado a la tierra y lo miró con desdén durante unos minutos, tras los que la joven le dijo.

- No hay más que un solo Dios, creador de todos los seres, no culpemos a él de los errores humanos.


Transcurrió apenas un mes para que la gran rebelión se hiciera patente, primero fueron los jóvenes, los que se aventuraron a escapar para unirse a las guerrillas. Más tarde, familias enteras cargaban los carros con todo el ajuar que cupiese y abandonaban sus casas, guardando como un tesoro las llaves de sus viviendas. Los campos quedaron baldíos. La tierra, antes reblandecida por el estiércol y la labranza se endurecía bajo la escarcha, llenándose de malas hierbas.
Pareciera que la miseria hubiera extendido su manto sobre la ciudad y sus pueblos. Se apagaba el fuego en hogares y tahonas. Las piedras de los molinos dejaban de girar. El orujo en las almazaras se transformaba en piedra. En los rincones hilaban las arañas en lugar de las ruecas. Tal era la desolación que padecía la ciudad, semejante a la que sufren unos padres cuando ven a sus hijos abandonar el hogar que los vio nacer.
Ya nada volvió a ser lo que era, pues es ley natural que todo mude, y el sello que imprime el tiempo en cada cosa, es como una pincelada nueva en el lienzo de un paisaje. El lugar se había rodeado de misterio, de lo allí acontecido sólo quedó un mal recuerdo que la gente a lo largo de los años fue deformando.
Una humilde mujer de las muchas que habitaban los alrededores de la fuente, entró una tarde de invierno para llenar el cántaro. Sorprendida vio brillar sobre la tejuela por donde caía el agua, lo que parecía una cadena de oro. Tiró del cabo con cuidado y descubrió con alegría que era muy larga, y que tardaba en salir el otro extremo. Tiró y tiró sin verle el fin, hasta que comenzó a impacientarse. Agotada tomó una piedra y la golpeó varias veces hasta que se rompió. Entonces escuchó un alarido que retumbó en toda la cueva, un grito que decía.

- ¡Condenada, no la sueltes, no dejes que la corriente se la lleveeeee!

Autora: Carmen Hernández Montalbán

2 comentarios:

  1. Querida Carmen, el próximo viernes 21 de mayo haremos un breve comentario sobre tu blog en nuestro Blog literario Asamblea de palabras para que nuestras lectoras y lectores se pasen a verte.
    Un saludo.

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  2. Gracias Francisco, yo incluyo también tu blog en mi lista

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