Comentario a “Los sueños del Náufrago” de DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN, por Carmen Hernández Montalbán


I Parte
Se medita, la autora, en esta cosmogonía lírica, intenta explicarse el origen de las cosas, de sí misma por medio de esta observación poética donde la naturaleza la fascina y la asombra a partes iguales. Inicia un periplo estético, visionario, a través del cosmos, deteniéndose y profundizando en cada uno de los microcosmos que lo componen.
Todo el discurso poético de la autora en esta primera parte que ella titula: “Cartografía”, camina paralelo a la emoción; donde el silencio y la sensación de soledad e incertidumbre le crean la necesidad de sumergirse en el misterio que la rodea, como el cosmonauta que emprende un viaje por un territorio desconocido y va narrando sus descubrimientos en su singular cuaderno de bitácora. Es consciente de la inmensidad del territorio que se dispone a explorar y de su misterio inconmensurable, por eso, presiente y anuncia su inevitable naufragio: “La oscuridad del ser es insondable / pues estamos hechos de un agua invasora / que nos socaba y sumerge / y a esta profusa incógnita / sólo se llega a ciegas.”
También es consecuente de que este viaje ha de emprenderlo en soledad, sin la protección ni el apoyo de sus semejantes, sin el amparo de un ser superior que habita en el sueño colectivo: “Nadie vendrá por esta ignorada ruta / nadie me salvará del naufragio / ni tan siquiera él / el arcángel que habita en lo más recóndito del sueño de los hombres…”
La autora, la mujer, el ser humano, en este orden, se medita en un avatar que la seduce, pues no hay duda de que este es elegido, incluso deseado; porque a través de él, la autora marca su parcela de libertad, su sed de evasión: “En ocasiones me gustaría ser como el albatros / esa extraña ave, que indolente, sigue surcando los vientos furiosos / (…) para poder volar al fin victoriosa sobre la blanca espuma.”

II Parte
La segunda parte se titula: “Cuatro lunas de sangre o poemas sobre los que el pájaro se posa”. La poeta nos habla aquí del mundo más cercano, de la tierra que pisamos y los acontecimientos negativos que la conmueven profundamente. Asocia, metafóricamente, el fenómeno astronómico del eclipse a predicciones apocalípticas. El pájaro (la autora) se posa en algunos de ellos. El pájaro es la rúbrica de la autora como ser que se duele de las injusticias de los hombres, subrayando las virtudes del pájaro a la par que su fragilidad. El pájaro es la alegoría de la libertad en ocasiones: “Y al escucharlos / él mitiga el miedo, /cierra los ojos e imagina que puede volar como un pájaro. / El ave sobre la alambrada / no teme la descarga”, otras la de la fragilidad, la vulnerabilidad contra las que el ser humano atenta: “Bosa, Bosa, Bosa, / soy un pájaro, se dice, / tan sólo un frágil cuerpo / en trance hacia la muerte.”
Esas lunas de sangre son el preámbulo de la miseria del mundo, cuyo movimiento hacia la injusticia es causante del eclipse, de las señales que lo suceden: el hambre:”La mujer africana ha de saberlo, / cuando disfraza la muerte / con ropas de vivos colores, / cuando amamanta a sus hijos / con las ubres secas, / cuando se prolonga en su delgadez…” la guerra:  “El corazón no puede con tanto fusil / ni con el silencio de los muertos, / No puede con la sutileza de la tiranía…” o las encarnizadas fronteras: “Hasta esta orilla / te trajo la búsqueda del ansiado norte / con sus paraísos cerrados / y sus trenes veloces…”

III Parte
Termina el poemario con una conclusión: la del naufragio. El influjo de una luna crispada nos arrastra esta vez hacia un naufragio involuntario. El pájaro ha de volar hacia otras latitudes en busca de su ansiada libertad, pero se convierte en una quimera: “Bajo su embrujo, / todos iniciamos un nuevo éxodo, / sonámbulos, hechizados vamos, / tras sus ángeles de sombra…”
Dice la autora en la cita de apertura de esta tercera parte “Desde la gran eclosión en el mundo sólo quedan náufragos” En la que nos remiten a las dos partes anteriores…, porque al principio se habla de renacimiento, de origen, de partida, de inicio e iniciación. En la segunda parte se habla de conflicto, de ruptura, de lucha. También de fracaso, de frustración.
Es el resumen de todo lo aprendido en el viaje. La autora se deja fluir, se abandona a la corriente…: “Atrapada en la memoria del camino, / desnudó su cuerpo entre los álamos, / buscó en la corteza, / la antigua promesa de amor / con la grafía de su nombre, / Pero todo fue inútil, pues sólo el tronco conoce ya / en qué pliegue de su corteza / curó la savia tal herida.”


COMENTARIO A “LOS CONCIERTOS DEL FRÍO” de Pedro Casamayor Rivas, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTABÁN




   En estos conciertos del frío, el solista, Pedro Casamayor Rivas, se ha vestido de tierra. Su melodía de invierno nos despoja de un tiempo de impostura y artificio, desde donde el autor arrastra con el viento de sus versos honestos la hojarasca de lo vano, de todo lo que ha cortado sus raíces y por ello, ha de pudrirse sin remedio.
   Nos envuelve su música en notas de certeza cadenciosas que van in crescendo, sorprendiéndonos con los abruptos silencios de sus finales, con la guillotina de sus sentencias.
El viento al que invocan sus violines nos invita al cambio con paréntesis de silencios, pues sólo en el silencio se reconoce la herrumbre, se repara en el desorden y cada elemento encuentra su acomodo.
   
   Lectura de los poemas:
La oxidada canción (p. 34), El blus de las mentiras (p. 25), Agitador de mariposas (53 p.) y Elegía anticipada (p. 44).

   El autor se viste de tierra. Y para dar sus frutos, reclama el beso de la lluvia, pues es en el agua donde germina la vida. Agua en forma de torrente líquido que penetra en la roca convirtiendo lo inanimado, lo estéril en campo abonado.
   Lo hace, a veces pausadamente, como las notas de un piano de cola. Sus gotas se dejan sentir melancólicamente, para convencernos de que todo ha de morir para renacer de nuevo. O lo hace en forma de nieve: la capa inmaculada que cubre la tierra y la convierte en lodo, donde fermentará todo lo caduco. Con la nieve, el tempo se hace más lento, casi grave, se torna solemne. El poeta se recoge, dirige la mirada a su interior, medita y formula su alegato a favor de la naturaleza, de lo que fluye de forma natural, se reconoce en el cambio de las estaciones, en la mudanza del tiempo, en la música del ciclo de la vida.

   Lectura de los poemas:
Hombre de lluvia (p.28), Espantapájaros (p. 33), Postigos (p. 37), Música de nieve (p. 70).

   Los conciertos del frío son la mudanza, el cambio, en ellos tiene el fuego su impronta purificadora, nos devuelve a la tierra en forma de ceniza que hará resurgir al hombre nuevo, a la mujer nueva, esos que se desprenden de todo lo que los aleja de su esencia: de los triunfos baldíos, de la ambición desmesurada, de los fuegos fatuos.
   En Los conciertos del frío se nos advierte de la necesidad de meditar, tomar conciencia de que somos como el suelo que pisamos. Por eso debemos aprender en la escuela de la naturaleza, donde no podemos fabricar un ciclo de la vida a nuestro antojo, sin el concurso del frío, la escarcha, el viento y la lluvia que remueve nuestro acomodo.
   En ellos la poesía se hace raíz, se nutre de la idea de cambio, pues es el solsticio de invierno el que marca el fin y el inicio, la muerte y el renacimiento, el regreso del alma al mundo espiritual.

Lectura de los Poemas: Cal viva (p. 67), Pipas de calabaza (p. 32)  y La mentira del Karma (p.41).



Carmen Hernández Montalbán

Guadix, 19 de junio de 2017





De rescates y naufragios Por ANA MORILLA PALACIOS.

De rescates y naufragios Por ANA MORILLA PALACIOS


“Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores, hasta la última”… Luis Rosales


   Dori Hernández Montalbán bien podría ser como el “náufrago metódico” del poema de Luis Rosales, o como el conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, autor del curioso librito Naufragios. Pero si ellos contaban la historia de un fracaso, el fracaso personal en el caso de Rosales, o el fracaso de una expedición al Nuevo Mundo en el caso de Cabeza de Vaca, Dori Hernández refleja en su poemario Los sueños del náufrago el fracaso de toda una especie, la humana.
  Los sueños del náufrago -dividido en tres bloques: “Cartografía”, “Cuatro Lunas de Sangre o poemas sobre los que el pájaro se posa” y “Náufragos”- supone un grito liberador para su autora, que ha trazado el mapa de su propio yo, pero ante todo Los sueños del náufrago supone una retórica del agua.

Mar de agua, mar sideral…
Y nosotros dentro,
inmersos sin saberlo.
hombres,
mujeres,
criaturas,
como las olas;
pasando sin quererlo,
danzando suspendidas
mar adentro.
Ellas, como nosotros,
no saben que van mecidas.
Ésta es la única verdad:
el corazón latiendo
sin que nadie sepa bien cómo
en ésta nave de silencio que es el cuerpo.

   “Cartografía”, la primera parte del poemario, se sustenta en una cosmogonía acuática. Al principio era el agua oscura, el mar amniótico donde nadaban los peces de lágrimas; el espacio que habitaban el ojo acuático, el alga azul y la sal… pero también los siniestros nadadores, las criaturas que danzaban suspendidas, pues todos estamos hechos de agua, dice Dori.
   Y nos recuerda que el universo comenzó con el caos, que da lugar a la materia, al tiempo, a las estrellas, a la luz, a la luna y al sol, a las nubes, a la tierra, a las montañas, a los bosques, a la arcilla…

Quedó un mundo denso de oscuridades
y de inmortales despojos,
sin embargo, por la infinitud de un horizonte nuevo,
aparecían las primeras nubes,
y se deshacían como pavesas
sobre las calcinadas montañas.
No hubo allí quien preguntara por el nombre de las cosas,
ni hubo lugar para lamentos, ni congojas,
porque todavía no existía nadie
que pudiera nombrarlas.

   Y después los primeros habitantes del océano y de la tierra. El ser humano, pero también los pájaros, las águilas, los cóndores y los albatros de resonancias baudelaireanas:

En ocasiones, me gustaría ser como el albatros,
esa extraña ave, que indolente,
sigue surcando los vientos furiosos,
planeando sobre el mar a pesar de los insondables abismos,
y resistir, como él, la embestida de la tormenta,
para poder volar al fin victoriosa sobre la blanca espuma.

   “Cartografía” es el ser humano en sí mismo, vencido en soledad, que regresa al cosmos.

Nadie vendrá por esta ignorada ruta,
nadie me salvará del naufragio;
ni tan siquiera él,
el arcángel que habita
en lo más recóndito del sueño de los hombres.
Pues nadie hay en este lugar, nadie,
no hay aquí ni hermanos, ni amores, ni hijos...,
nadie en este rincón en donde el hombre se medita

   “Cuatro lunas de sangre”, la segunda parte, presenta al mundo desde la única certeza que tenemos, la noche; desde el dolor, desde el alma animal y desde la fiera que fue el ser humano en la era glacial. Porque el tirano no tiene nombre, dice Dori, renace en todo tiempo y lugar.

El corazón no puede
con la noche del mundo,
ni con el miedo de alquitrán;
no puede con el frío
de los cuerpos convulsos
por la intemperie del mar,
ni con el insondable misterio
en los ojos de los niños abandonados.

   Y así, Dori, mendiga un rayo de esperanza para los niños de la calle y los niños esclavos, para el nómada y el apátrida; los “Poemas sobre los que el pájaro se posa” son un grito que pide el fin del hambre en África, de los pozos secos, de la violencia y de la tiranía, de los esclavos sexuales, de los espaldas mojadas, de las fronteras y de los vertederos. Donde el poeta es siempre un suicida que contempla el mar desde el acantilado más alto.
   Finalmente, “Náufragos”, el bloque que cierra el libro, nos revela que todo es naufragio.

Hay cuerpos que al contemplarlos nos asaltan,
pues son tempestad carnívora
procedente de un remoto naufragio,
es como si sobre la piel desnuda,
se hubieran grabado ya todos los nombres.

   De este modo, nos dice Dori que la única verdad es la agonía de vivir, que la farsa de las patrias es naufragio, que tú mismo eres naufragio, avaro contador de tiempo, eres un náufrago de tus deseos. Todos nosotros somos náufragos, pero también nuestros cuerpos son náufragos, y la mujer, hija de Lilith, vientre del mundo, es náufraga.

Y una vez más, la rebelión de Lilith
que grita al fin: yo soy el edén,
hembra de sal, ninfa del eco,
agua del diluvio, exilio del hombre.


   En definitiva, desde la gran eclosión, en el mundo solo quedan náufragos.

POR LA CARNE ESTREMECIDA, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.


            
       Leer la novela de José Luis Raya Pérez, Pepe, ha sido una satisfacción para mí. En primer lugar como lectora, pues está escrita para ser disfrutada, más allá de cualquier consideración en el campo de la crítica literaria. La novela se devora, pues sabe mantener el suspense de principio a fin. Una se sumerge en ella sin trabajo. Los personajes en seguida nos resultan familiares, nos llevan de la mano, caminamos junto a ellos, sus heridas nos escuecen y sus logros producen en nosotros una sensación de triunfo, pues son creíbles. Están revestidos de mucha humanidad, por eso se produce la catarsis al instante.
       Pero además, se trata de una obra que, a mi parecer, tiene ese punto distinguido de la buena literatura: cargada de reflexiones muy bien llevadas, casi poéticas que consiguen su propósito: ponernos a meditar.
       En ella se cuenta la historia de Tiburcio, un niño pobre de la posguerra civil española que, además de sobrevivir a las dificultades propias de un ambiente posbélico, le sobrevienen otras a causa de su tendencia homosexual, en un escenario de intolerancia y represión.  El personaje protagonista está rodeado de ángeles y demonios. Sus ángeles: la abuela Dolores, su madre, Remedios, su tía Herminia, el cura Don Anselmo y Adelita. Sus demonios: don Cipriano, don Rufino, don Serafín, Zamudio y la sombra de su padre que marcará su trayectoria vital.
       No es un relato escrito con dureza ni tendencioso. Está escrito con una fina ironía que le resta crudeza a los acontecimientos narrados, aunque estos la tengan, haciéndola muy amena.
    La novela está ambientada en una aldea cercana a Guadix que a mí, personalmente se me antoja Exfiliana. El escenario se ha adornado con elementos imaginados, de la cosecha del autor. Es un Guadix enriquecido con imágenes casi oníricas que lo hacen más singular si cabe. Por momentos parecen irreales, como si de un Macondo de “Cien años de soledad” se tratara.
     Recomiendo esta novela, no sólo porque el autor sea amigo y paisano mío sino porque, en justicia, merece ser conocida.


Carmen Hernández Montalbán.

Vieja fotografía de mendigos, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

   
Foto de Valverde.

   El sol era de limón, la mañana estaba fría, fría como la misma calle. Debía ser un día de enero, desnudo y pelado enero del Guadix de mil ochocientos noventa y tantos. el ciego de Salamanca andaría con su lazarillo Juanillo en busca de algo que llevarse a la boca, como aquel otro de Tormes. Este lazarillo podría muy bien llamarse Juanillo con esa cara tan linda y vivaracha. Puede que hasta fuera goloso. Entonces, quedaría pegado al cristal de la pastelería de la Señá Frasquita Casas, observando minuciosamente cómo la distinguida parroquia que la frecuentaba, engullía y se deleitaba con las especialidades de la casa: tortas griegas, cubiletes de crema o pasteles de hoja con relleno. Todos lo mirarían sin verlo como si Juanillo fuera invisible, por eso nadie se apiadaría de ellos. Los señores continuarían desayunando como si tal cosa, mientras tanto, el ciego de Salamanca daba collejas al lazarillo para que abreviara en aquello de mirar tanto. El ciego tenía cara de pocos amigos, hasta fama de mala sangre, de seguir así las cosas tendría que ir al hospicio, como tantas otras mañanas, si quería desayunar. 
   Aunque el ciego al parecer se servía de varios oficios y no pocas tretas para poder salir adelante, pues siempre andaban apurados. Los más viejos contaban que nuestro ciego acostumbraba a tocar la guitarra algunas noches en la casa de putas, pues al ser ciego y medio músico, era la persona idónea para amenizar las oscuras y secretas veladas de los que por allí andaban a hurtadillas.
   Al parecer también era hombre piadoso. Se dice que tenía por costumbre, casi la obligación de llevar luz a la Ermita de San Lázaro y de paso recoger las limosnas que donaban al Santo los devotos y necesitados de favores, de este modo, San lázaro siempre tenía alguna mariposa de luz y el ciego calderilla.


I

   "Las estautas, esas..., esas saben como yo el frío que hace. Ustés no tanto, ustes ná más que pasan frío cuando vienen a la iglesia, y poco en comparación con el que pasamos los probes..." -diría la Tomasa hincada como un poste en la puerta de la catedral, sujetándose el raído mantón y la garrota, a la espera de limosna, enseñando su pucherico de arcilla vidriada, por si alguna señorica se ofrecía a llenárselo de algo caliente. 
   Mientras tanto, la gente iría entrando a misa y daría su último toque la campana que llamaban De los Reyes. Gente con los zapatos muy límpios y muy gastados, se mirarían entre ellas y dirían: 
    - ¡Válgame Dios, el Señor nos libre".
   La mirarían con recelo y algunos se taparían la boca y echarían hacia atrás la cabeza al pasar a su lado, como el que pasa frente a un apestado. Cuando hubieran entrado todos, ella se sentaría. Sentiría que el mármol de la escalinata no estaba tan frío como de costumbre, -"Mejor hubiera sio no venir..."- pensaría. 
   Cerraría los ojos y se apretaría lo más posible el manto -"mejor me quedo aquí antes que venga otro"-. Después de un ratillo la despertó el bullangueo de la salida de misa. Las gentes saldrían de dos en dos, o de tres en tres.
    - Aquí fue donde murió el pobre Froilán Payan..., dicen que fue al colocar la verja ¿no?.
    - Eso dicen.
    - El señor lo tenga en su Gloria.
    - Señor, Señor, con el frío que hace y esta mujer aquí. ¡Anda a tu casa hija! ¡Ay Dios mío!.
    La Tomasa pensaría: "Ná, no se dejan caer ná, y es que hasta los ricos se están quedando probes", mientras se alejaban las mujeres de dos en dos en dos o de tres en tres, con la piel blanquísima, casi transparente de cristianas viejas -"¡Bah!, me iré a la Glorieta! -se diría la Tomasa -allí estarán los otros: las mozas de cría y alguna señorica, me darán algo..., algo es algo, menos de una piedra... ¡tíos escalichaos, cenizos!.
   Así, hilvanando pensamientos, muy poquito a poco entrarían en la Plaza de la Constitución y metería su mano en la fuente de la Mona, con la intención de coger un buchillo de agua para beber, y la escupiría rápidamente, pues el agua era puro hielo. Continuaría su camino renegando, echando sapos y culebras por la boca, disgustadísima a causa de aquel agua helada. Culpando a la misma fuente como si esta fuera criatura y tuviera capacidades sólo visibles a sus ojos. 
    Para cuando la Tomasa llegó a la glorieta, el sol había dejado de ser un pomelo oculto entre la neblina, para dar paso al astro victorioso, dador de vida y calor. Muy quietecita quedaría ella absorbiendo aquellos tibios rayos. Notaría cómo la sangre antes helada fluía ahora por las arterias. Sí, así fue cómo sintió que su cuerpo entraba en calor, cómo plácidamente quedaría dormida. Volvió a sentir un hilito helado que resbalaba por sus piernas, sí, se había orinado, de puro placer, sin poderlo evitar, entonces sacudió sus mugrientas ropas, cambió de lugar y como un animalillo aterido y miedoso siguió comiéndose el sol a dos carrillos.

III

   El tercero por la izquierda podría ser cualquiera, pero no había necesidad de preguntar, pues todo el mundo lo conocía como "El tonto de los pucheros". Había estado ahí desde siempre, riendo el infeliz, enseñando sus pocos dientes, con su ojo izquierdo eternamente guiñado, entreabierto apenas cuando lo abría.
   No importaba cómo se llamara, la mayoría hubiera aceptado con naturalidad que no tuviera ni nombre. Unas caritativas mujeres le daban ropa vieja cada cierto tiempo que él lucía con orgullo hasta que se volvía demasiado grasienta, dura y correosa como para llevarla puesta. Andaba siempre de un lugar a otro, de una casa a otra, con la mano puesta pidiendo limosna, y aquella voz entrapada, propia de las criaturas puras y de corto entendimiento.
   Todos le socorrerían porque aquel hombrecillo era como un poco de todos, pues no tenía a nadie en el mundo.

IV

   El segoviano llevaba tapado apenas con un harapo mugriento la parte izquierda del rostro, no sabemos por qué. Habría podido quedar tuerto en una reyerta o se habría quemado esta parte de la cara de chico, al acercarse al calor de la lumbre. Por no tener nada que le calentara el estómago, frecuentaba el calorcillo del fuego y ¿Quedando dormido cayó en él?, no podremos saberlo. Usaba fajín a modo de riñonera y chaleco, del que colgaba un viejo reloj al que tenía infinito apego y custodiaba como oro en paño. Solía echarse sobre los hombros una manta raída de aquellas de seis bandas blancas. Su ojo derecho era vivo y penetrante. Hablaba solo, sus soliloquios lanzaba al aire, a la tierra, a los árboles, de día de noche. Hablaría en las silenciosas y oscuras noches del viejo Guadix, de cuando aun la luz eléctrica estaba por estrenar o recién estrenada, cuando entre dos luces se hacía de todo si había buena luna. Y hablaría a solas también durante todas las mañanas frías o calurosas, lloviera o nevara, porque definitivamente, aquel soliloquio lo habría de mantener ya durante toda su perra vida.
   Aquella mañana tenía seca la boca y áspera la comisura de los labios. Pasaba la lengua por los labios varias veces antes de entrar en faena, su faena era hablar. Miró al horizonte desde la salida de su cueva, el horizonte era extenso y grande. Se atascó el sombrero, se echó la vieja manta sobre los hombros y comenzó a andar sin dirección alguna, a donde le llevaran los pies, aquellos viejos y endurecidos pies que tantos caminos habían andado.
   - Perra mañana, ¡qué hielo criminal!, ¡tío canalla..., pa haberle estrujao los hígados!, ¡me cago en la madre que lo trajo! ¡Los jornales están a cinco reales, tío inquisidor! pa eso ma acuesto, ya he dao batalla, ¡trabaja tú con los güevos! Las herramientas viejas no sirven na más que pa tirarlas. Le diera el cólera. ¡Quita perro, no ladraras lo último!, lo dejan al relente, así está el animal, enrabiao vivo, métete padrento ¡piichoo! Anda con Dios..., tango los pies como el granizo. Sí, sí, venga tocar la campana bien trempanico. Si la acequia no lleva agua es porque la roban, ¡Con lo que ha sío siempre el Chiribaile, que lleva agua aunque no haiga! A la seis de la tarde tienes que ir a dormir aunque no quieras ¿Qué haces to la noche tirao en la calle?.

V

   Se escuchaba también por entonces en Guadix a una mujer loca vociferando. Y los gritos sonaban más cuando las calles estaban sin gente. Sus pasos en cambio eran silenciosos. Calzaba unas alpargatas tan viejas y tan gastadas que acariciaban el suelo. Iba con la cara ladeada hacia su propio corazón, tanto que podría escuchar su latido. Andaba esquivando el frío, rajando la mañana. Se dejaba llevar como una hoja zarandeada por el viento, para terminar en algún rincón acurrucada, y poder llorar después muy despacio y a moco tendido. ¿Qué podría tener en la cabeza para llorar y sufrir de semejante manera?, ¿Cómo saberlo? pero debía de ser algo muy grande y muy triste porque su llanto era un puro alarido. 

VI

   Estos hombres y mujeres eran en esencia pobres de justicia, almas solitarias, hombres en lucha constante con la propia tierra que los vio nacer. Aquella tierra de Guadix, tótem de sobresalto que lo mismo los acogía que los desterraba. Todos, cada cual por su camino y como atraídos por un imán, debieron llegar hasta el barrio de Santa Ana sin previo acuerdo, únicamente guiados por ocultas potencias naturales. Y se dirigieron probablemente hacia algún opulento caserón, donde alguien les dio de comer, donde seguramente se encontraba el hábil observador, el oportuno Jesús Valverde Gómez y les hizo la foto. Ahí quedaron inmortalizados para siempre esbozando con sólo su presencia parte de la vida de aquel viejo Guadix de casi mil novecientos, cuyos caminos no llevaban a ninguna parte, porque por aquel entonces cualquier lugar, por cercano que estuviera parecía estar lejos, muy lejos.
   Poco después caería la tarde, se apagaría el sol, y Guadix pasaría a ser un remoto lugar olvidados de Dios y de los hombres. Y nuestros pobres desandarían el camino para volver a sus cuevas, para poder cerrar los ojos pensando en aquello de "mañana será otro día". Finalmente la noche, como un mago gigantesco, lo cubriría todo de negro. Los perros se tornarían verdes, pequeños monstruos verdes de ojos como carbones encendidos, ladrando enamorados a la luna, a una luna de pechos al aire. La catedral parecería hecha de hielo y escarcha. El viento silbaría por las troneras y barrancos aquello de "Bienaventurados los pobres, porque ellos heredarán la tierra". 

Del libro "Cuentos del viejo Wädis" de Dori y Carmen Hernández montalbán. Editorial Proyecto Sur, 2004,

La luz no se persigue; se encuentra, por MARÍA PIZARRO


(Reflexiones sobre el Libro de Carmen Hernández Montalbán “ LA LUZ DEL FIN DE LA TIERRA” Editorial Nazarí, 2015)


Si nos adentramos en este libro sin prejuicios, con la mirada abierta – sólo con el condicionamiento de que una poeta amiga te pida que presentes su libro en la ciudad que vives. Sólo con esa responsabilidad, que ya en sí es bastante. Porque la amistad es verdadera. Yo me sumerjo en éste, desde el corazón del amigo, del colega, de la compañera que admira.
Y así, adentrándome sin prejuicios, puedo decir que este es un libro lleno de luz desde sus primeras páginas. Que clara y traslucida es la poesía de Carmen Hernández; sin dobleces, clara y sencilla como es la mirada del niño y la mirada del sabio.

La propia oscuridad, que da título a una de las tres partes en que está dividido el libro, está suavizada o esclarecida por el recuerdo.
Oscuridad, que es hablar de soledad, de la pérdida de seres queridos, los muertos que no tienen la capacidad de defenderse.


Dice la poeta ( …) Pero la memoria nunca olvida,/ y como una lluvia primaveral,/ nos devuelve los humores de su desdicha.

 Hablo del poema “Hojarasca” con el que inicia el poemario. Y digo poemario, porque “La luz del fin de la tierra” no es un entresijo de poemas sin nexo entre sí, sino que forman una unidad en torno a la Luz, al significado de esa metáfora.

Los títulos de los poemas son una secuencia de hechos, verdaderas preocupaciones de la autora; y la concepción que tiene del mundo. Desde la del nacimiento o creación, hasta llegar al exilio de sus moradores (el último poema de esta primera parte). Pasando por estadios como el pecado original, insomnio, la contienda que proclama la destrucción y el nacimiento de sentimientos destructivos como la codicia.

Es éste un libro intimista. Carmen habla de sí misma, alternando términos coloquiales “saco sin fondo” con metáforas pulidas como escarabajo de un páramo sin ternura.
Su visión existencial del mundo se refleja en el poema “marea negra”, que recuerda al más puro estilo rosaliano el poema “negra sombra”.

En Plegaria, y también en otros poemas, se observa un canto en contra de la guerra. Y reconoce a los verdaderos culpables, y el verso se vuelve un lamento: como hemos llegado a esto, ellos juegan con nosotros a los naipes, tan sólo son unos cuantos, pero deciden por todos.

Es constante la denuncia de situaciones injustas. La lata del mendigo aborda un tema que le produce rabia: la lata está fraguada con el metal infame de la injusticia, vidas desahuciadas.

El paso del tiempo es otra constante en el libro, metáfora de la salvación: tiempos vendrán en que la justicia y su reductora belleza brillará con un fulgor. Y aludiendo a “ellos”, los verdaderos culpables: brillará con un fulgor que los ciegue sin remedio.

Termina con el poema Exilio. Es sinónimo de esperanza y el mar vehículo de salvación: no me asusta el bramido del mar, que he de cruzar sin brújula.

Y pasamos, sin transgresión a la segunda parte, con títulos como Origen, Grito de mujer, Sinestesia, Versos dormidos... Un espacio donde la luz insufla los poemas, donde el ser humano ocupa un lugar privilegiado, y es posible que encuentre la salvación. La mujer adquiere el protagonismo que se le ha negado, cuando debió pasar su existencia espiando su crimen, invitándola la poeta a vivir sin miedo.

El ritmo del verso es ágil. Verso libre con predominio de poemas breves. Con gran concisión. Aunque se alarga en algunos momentos en esta segunda parte.
  
Y producto de una gran eclosión de luz, llegan títulos como Sueño acuático, Comí chocolate, Jinete del aire. Títulos y versos de gran ternura: el colibrí se comió la lechuga. Con predominio de las sinestesias: traía la tarde un perfume a tomillo, manzanilla y amapola, la sinfonía del agua.
Tremendamente sensual es ese Jinete del aire, dedicado a Trinidad Sevillano. Dice de la bailarina que el eje de la tierra gira enamorado al compás de su cuerpo. La imagen me recuerda a la frágil bailarina de la caja de música. Y la poeta, Carmen Hernández Montalbán, me lleva a pensar que es una “maga”. Como en el último poema de este libro, El ilusionista, sentencia a modo de aforismo:
mi misión no es apagar las estrellas, consiste en encenderlas...










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