Vieja fotografía de mendigos, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

   
Foto de Valverde.

   El sol era de limón, la mañana estaba fría, fría como la misma calle. Debía ser un día de enero, desnudo y pelado enero del Guadix de mil ochocientos noventa y tantos. el ciego de Salamanca andaría con su lazarillo Juanillo en busca de algo que llevarse a la boca, como aquel otro de Tormes. Este lazarillo podría muy bien llamarse Juanillo con esa cara tan linda y vivaracha. Puede que hasta fuera goloso. Entonces, quedaría pegado al cristal de la pastelería de la Señá Frasquita Casas, observando minuciosamente cómo la distinguida parroquia que la frecuentaba, engullía y se deleitaba con las especialidades de la casa: tortas griegas, cubiletes de crema o pasteles de hoja con relleno. Todos lo mirarían sin verlo como si Juanillo fuera invisible, por eso nadie se apiadaría de ellos. Los señores continuarían desayunando como si tal cosa, mientras tanto, el ciego de Salamanca daba collejas al lazarillo para que abreviara en aquello de mirar tanto. El ciego tenía cara de pocos amigos, hasta fama de mala sangre, de seguir así las cosas tendría que ir al hospicio, como tantas otras mañanas, si quería desayunar. 
   Aunque el ciego al parecer se servía de varios oficios y no pocas tretas para poder salir adelante, pues siempre andaban apurados. Los más viejos contaban que nuestro ciego acostumbraba a tocar la guitarra algunas noches en la casa de putas, pues al ser ciego y medio músico, era la persona idónea para amenizar las oscuras y secretas veladas de los que por allí andaban a hurtadillas.
   Al parecer también era hombre piadoso. Se dice que tenía por costumbre, casi la obligación de llevar luz a la Ermita de San Lázaro y de paso recoger las limosnas que donaban al Santo los devotos y necesitados de favores, de este modo, San lázaro siempre tenía alguna mariposa de luz y el ciego calderilla.


I

   "Las estautas, esas..., esas saben como yo el frío que hace. Ustés no tanto, ustes ná más que pasan frío cuando vienen a la iglesia, y poco en comparación con el que pasamos los probes..." -diría la Tomasa hincada como un poste en la puerta de la catedral, sujetándose el raído mantón y la garrota, a la espera de limosna, enseñando su pucherico de arcilla vidriada, por si alguna señorica se ofrecía a llenárselo de algo caliente. 
   Mientras tanto, la gente iría entrando a misa y daría su último toque la campana que llamaban De los Reyes. Gente con los zapatos muy límpios y muy gastados, se mirarían entre ellas y dirían: 
    - ¡Válgame Dios, el Señor nos libre".
   La mirarían con recelo y algunos se taparían la boca y echarían hacia atrás la cabeza al pasar a su lado, como el que pasa frente a un apestado. Cuando hubieran entrado todos, ella se sentaría. Sentiría que el mármol de la escalinata no estaba tan frío como de costumbre, -"Mejor hubiera sio no venir..."- pensaría. 
   Cerraría los ojos y se apretaría lo más posible el manto -"mejor me quedo aquí antes que venga otro"-. Después de un ratillo la despertó el bullangueo de la salida de misa. Las gentes saldrían de dos en dos, o de tres en tres.
    - Aquí fue donde murió el pobre Froilán Payan..., dicen que fue al colocar la verja ¿no?.
    - Eso dicen.
    - El señor lo tenga en su Gloria.
    - Señor, Señor, con el frío que hace y esta mujer aquí. ¡Anda a tu casa hija! ¡Ay Dios mío!.
    La Tomasa pensaría: "Ná, no se dejan caer ná, y es que hasta los ricos se están quedando probes", mientras se alejaban las mujeres de dos en dos en dos o de tres en tres, con la piel blanquísima, casi transparente de cristianas viejas -"¡Bah!, me iré a la Glorieta! -se diría la Tomasa -allí estarán los otros: las mozas de cría y alguna señorica, me darán algo..., algo es algo, menos de una piedra... ¡tíos escalichaos, cenizos!.
   Así, hilvanando pensamientos, muy poquito a poco entrarían en la Plaza de la Constitución y metería su mano en la fuente de la Mona, con la intención de coger un buchillo de agua para beber, y la escupiría rápidamente, pues el agua era puro hielo. Continuaría su camino renegando, echando sapos y culebras por la boca, disgustadísima a causa de aquel agua helada. Culpando a la misma fuente como si esta fuera criatura y tuviera capacidades sólo visibles a sus ojos. 
    Para cuando la Tomasa llegó a la glorieta, el sol había dejado de ser un pomelo oculto entre la neblina, para dar paso al astro victorioso, dador de vida y calor. Muy quietecita quedaría ella absorbiendo aquellos tibios rayos. Notaría cómo la sangre antes helada fluía ahora por las arterias. Sí, así fue cómo sintió que su cuerpo entraba en calor, cómo plácidamente quedaría dormida. Volvió a sentir un hilito helado que resbalaba por sus piernas, sí, se había orinado, de puro placer, sin poderlo evitar, entonces sacudió sus mugrientas ropas, cambió de lugar y como un animalillo aterido y miedoso siguió comiéndose el sol a dos carrillos.

III

   El tercero por la izquierda podría ser cualquiera, pero no había necesidad de preguntar, pues todo el mundo lo conocía como "El tonto de los pucheros". Había estado ahí desde siempre, riendo el infeliz, enseñando sus pocos dientes, con su ojo izquierdo eternamente guiñado, entreabierto apenas cuando lo abría.
   No importaba cómo se llamara, la mayoría hubiera aceptado con naturalidad que no tuviera ni nombre. Unas caritativas mujeres le daban ropa vieja cada cierto tiempo que él lucía con orgullo hasta que se volvía demasiado grasienta, dura y correosa como para llevarla puesta. Andaba siempre de un lugar a otro, de una casa a otra, con la mano puesta pidiendo limosna, y aquella voz entrapada, propia de las criaturas puras y de corto entendimiento.
   Todos le socorrerían porque aquel hombrecillo era como un poco de todos, pues no tenía a nadie en el mundo.

IV

   El segoviano llevaba tapado apenas con un harapo mugriento la parte izquierda del rostro, no sabemos por qué. Habría podido quedar tuerto en una reyerta o se habría quemado esta parte de la cara de chico, al acercarse al calor de la lumbre. Por no tener nada que le calentara el estómago, frecuentaba el calorcillo del fuego y ¿Quedando dormido cayó en él?, no podremos saberlo. Usaba fajín a modo de riñonera y chaleco, del que colgaba un viejo reloj al que tenía infinito apego y custodiaba como oro en paño. Solía echarse sobre los hombros una manta raída de aquellas de seis bandas blancas. Su ojo derecho era vivo y penetrante. Hablaba solo, sus soliloquios lanzaba al aire, a la tierra, a los árboles, de día de noche. Hablaría en las silenciosas y oscuras noches del viejo Guadix, de cuando aun la luz eléctrica estaba por estrenar o recién estrenada, cuando entre dos luces se hacía de todo si había buena luna. Y hablaría a solas también durante todas las mañanas frías o calurosas, lloviera o nevara, porque definitivamente, aquel soliloquio lo habría de mantener ya durante toda su perra vida.
   Aquella mañana tenía seca la boca y áspera la comisura de los labios. Pasaba la lengua por los labios varias veces antes de entrar en faena, su faena era hablar. Miró al horizonte desde la salida de su cueva, el horizonte era extenso y grande. Se atascó el sombrero, se echó la vieja manta sobre los hombros y comenzó a andar sin dirección alguna, a donde le llevaran los pies, aquellos viejos y endurecidos pies que tantos caminos habían andado.
   - Perra mañana, ¡qué hielo criminal!, ¡tío canalla..., pa haberle estrujao los hígados!, ¡me cago en la madre que lo trajo! ¡Los jornales están a cinco reales, tío inquisidor! pa eso ma acuesto, ya he dao batalla, ¡trabaja tú con los güevos! Las herramientas viejas no sirven na más que pa tirarlas. Le diera el cólera. ¡Quita perro, no ladraras lo último!, lo dejan al relente, así está el animal, enrabiao vivo, métete padrento ¡piichoo! Anda con Dios..., tango los pies como el granizo. Sí, sí, venga tocar la campana bien trempanico. Si la acequia no lleva agua es porque la roban, ¡Con lo que ha sío siempre el Chiribaile, que lleva agua aunque no haiga! A la seis de la tarde tienes que ir a dormir aunque no quieras ¿Qué haces to la noche tirao en la calle?.

V

   Se escuchaba también por entonces en Guadix a una mujer loca vociferando. Y los gritos sonaban más cuando las calles estaban sin gente. Sus pasos en cambio eran silenciosos. Calzaba unas alpargatas tan viejas y tan gastadas que acariciaban el suelo. Iba con la cara ladeada hacia su propio corazón, tanto que podría escuchar su latido. Andaba esquivando el frío, rajando la mañana. Se dejaba llevar como una hoja zarandeada por el viento, para terminar en algún rincón acurrucada, y poder llorar después muy despacio y a moco tendido. ¿Qué podría tener en la cabeza para llorar y sufrir de semejante manera?, ¿Cómo saberlo? pero debía de ser algo muy grande y muy triste porque su llanto era un puro alarido. 

VI

   Estos hombres y mujeres eran en esencia pobres de justicia, almas solitarias, hombres en lucha constante con la propia tierra que los vio nacer. Aquella tierra de Guadix, tótem de sobresalto que lo mismo los acogía que los desterraba. Todos, cada cual por su camino y como atraídos por un imán, debieron llegar hasta el barrio de Santa Ana sin previo acuerdo, únicamente guiados por ocultas potencias naturales. Y se dirigieron probablemente hacia algún opulento caserón, donde alguien les dio de comer, donde seguramente se encontraba el hábil observador, el oportuno Jesús Valverde Gómez y les hizo la foto. Ahí quedaron inmortalizados para siempre esbozando con sólo su presencia parte de la vida de aquel viejo Guadix de casi mil novecientos, cuyos caminos no llevaban a ninguna parte, porque por aquel entonces cualquier lugar, por cercano que estuviera parecía estar lejos, muy lejos.
   Poco después caería la tarde, se apagaría el sol, y Guadix pasaría a ser un remoto lugar olvidados de Dios y de los hombres. Y nuestros pobres desandarían el camino para volver a sus cuevas, para poder cerrar los ojos pensando en aquello de "mañana será otro día". Finalmente la noche, como un mago gigantesco, lo cubriría todo de negro. Los perros se tornarían verdes, pequeños monstruos verdes de ojos como carbones encendidos, ladrando enamorados a la luna, a una luna de pechos al aire. La catedral parecería hecha de hielo y escarcha. El viento silbaría por las troneras y barrancos aquello de "Bienaventurados los pobres, porque ellos heredarán la tierra". 

Del libro "Cuentos del viejo Wädis" de Dori y Carmen Hernández montalbán. Editorial Proyecto Sur, 2004,

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